Republicanos y demócratas desconocen políticamente al segundo grupo étnico más numeroso del país


Una mujer supervisa las listas en un colegio electoral, en Texas.

El sexto apellido más común de Estados Unidos es García, según el censo de 2010. El séptimo, Miller. El octavo, Davis. Luego llegan Rodríguez, Martínez, Hernández, López, y González. Sólo en el puesto número 14 regresan los anglosajones, con Wilson.

En un país con 6,3 millones de apellidos, que una comunidad tenga seis entre los 15 más numerosos da que pensar. Como también lo da que 52 millones de personas -de las que 47 millones son ciudadanos- se califiquen en el censo como “hispanos” o “latinos”. Se trata, de hecho, del segundo grupo étnico más numeroso de EEUU.

Y, también, de uno de los más irrelevantes políticamente a nivel nacional. Si hablamos de minorías, lo primero que viene a la mente son los afroamericanos. Si hablamos de países de origen, los estadounidenses pensarán en los alemanes (58 millones), los irlandeses (33 millones), los italianos (15,7 millones), los asiáticos (20,9 millones) y hasta los escandinavos (11,9 millones). Los latinos, como se les conoce en EEUU, son la gran “mayoría silenciosa” de Estados Unidos en el siglo XXI.

De hecho, en las elecciones de 2020 son la minoría de la que todo el mundo habla y a la que nadie pregunta. Esta semana se han celebrado los primeros debates presidenciales del Partido Demócrata. De los 25 candidatos de ese partido, sólo hay un hispano, Julian Castro, cuya intención de voto, del 1%, le ha dejado fuera del corte de los participantes en el encuentro.

Los debates se celebraron en Miami, una ciudad en la que se vive en español, no en inglés. Los candidatos hablaron, sobre todo, de la inmigración. Es también muy probable que ahí se acabe todo el esfuerzo demócrata por alcanzar el voto hispano. Los líderes de ese partido se han lanzado a por el voto afroamericano y el irlandés (éste último, concentrado en los estados industriales que le dieron la victoria a Trump), y confía que, por medio de algún tipo de intercesión divina, el voto hispano caerá en su regazo de manera milagrosa y automática.

En su despacho en la ciudad de Orlando, María Revelles, subdirectora de la organización Faith in Florida, que defiende los derechos de las minorías y de los grupos de niveles de ingresos más bajos, ve con preocupación esa actitud. “El Partido Republicano tiene una estrategia cubana excelente en Miami [donde se concentra el exilio de la Cuba castrista]. Pero, si el Partido Demócrata quiere ganar en 2020, necesita una estrategia hispana. Eso significa que va a tener que reinventarse. Y ya está llegando tarde a eso”.

El Partido Demócrata no se reinventó en 2016, cuando el 28% de los hispanos votaron por Donald Trump. Si en 2020 se repite esa proporción, el presidente tendrá garantizada la reelección. Y, sin embargo, nadie en la oposición está tratando de cambiar la dinámica. Aparentemente, a nadie se le ha ocurrido pensar que, si los latinos son fundamentalmente demócratas, cómo es posible que Texas, donde nada menos que el 39% de la población pertenece a ese grupo, sea un bastión republicano.

Revelles enumera una lista infinita de fallos garrafales de organización en la movilización del voto hispano. Son cosas básicas, como, por ejemplo, ausencia de información electoral en español, a pesar de que es público y notorio que los puertorriqueños -que han acudido masivamente al área de Orlando huyendo de la devastación del huracán María, en 2017- han sido escolarizados en ese idioma.

A nivel estratégico hay fallos igualmente catastróficos. Uno de los mayores es la obsesión -también compartida por los españoles- de ver a los latinos como un todo homogéneo, lo que en 2016 llevó a barbaridades como la de decir que el senador de Florida Marco Rubio iba a llevarse el voto hispano. Rubio es cubano, y, cuando los cubanos hablan de “los latinos” no se incluyen a sí mismos en el grupo. Es más: dadas las ventajas migratorias que los habitantes de la isla han tenido durante cinco décadas, es más probable que un salvadoreño o un mexicano se corte la mano antes de dar su apoyo a un cubano.

Así, el voto de García, Rodríguez, Martínez, Hernández, López, y González seguirá siendo algo de lo que se hable, pero por lo que casi nadie trabaje.

De hecho, de los candidatos presentes en el debate, sólo el texano Beto O’Rourke (que pese a su nombre, no es latino) habla español, aunque con acento. Es algo doblemente paradójico porque, en buena medida, los debates se van a celebrar en el Centro Adrienne Arsht para las Artes Escénicas de Miami, que tiene su relación, si no con América Latina, sí con España. Porque Adrienne Arsht puso su nombre en el complejo a cambio de una donación de 30 millones de dólares (26 millones de euros) que hizo en 2008.

Y gran parte de la fortuna de Arsht procede de la venta de su banco, TotalBank, al Popular, en 2007, por 204 millones de euros, en los años gloriosos de la burbuja del ladrillo español. En 2017, Santander se hizo cargo del Popular tras el colapso de éste y vendió TotalBank al banco chileno BCI. La huella financiera española en el banco de los Arsh duró menos que la de los latinos en Florida.

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