A sus 41 años, se ha convertido en la primera ministra más joven de la Historia. Tras defender en el pasado que Dinamarca “es una sociedad multiétnica”, asume el cargo con el compromiso de mantener la estricta política de extranjería del Gobierno anterior.


La recién elegida primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen.
AFP

Cubrió su discurso con una capa de humor, pero el mensaje real quedó muy claro: ahora mandamos nosotras. Cuando Mette Frederiksen sucedió a Helle Thorning-Schmidt al frente de los socialdemócratas daneses, en junio de 2015, se dirigió directamente a su antecesora para recordarle las andanadas de machismo que ambas habían tenido que soportar de sus propios compañeros, veteranos ‘hombretones’ de izquierda que trataban con desprecio a aquellas mujeres jóvenes que se atrevían a levantar la voz en las reuniones del partido.

“A ti te llamaron ‘Gucci Helle’. A mí me llamaron ‘el jamón chillón’. De algún modo, tu apodo suena un poco mejor”, dijo Frederiksen aquel día. ‘Gucci Helle’ fue en 2011, con 44 años, la primera mujer que ocupó la jefatura de Gobierno en Dinamarca. Esta semana, ‘el jamón chillón’ se convirtió en la segunda, y a sus 41 años también en la primera ministra más joven de la Historia.

Las diferencias entre Thorning y Frederiksen no se reducen al apodo. La primera venía de Copenhague, la capital, y cobró cierta notoriedad internacional por su glamurosa imagen: amplia sonrisa, melena rubia y grandes ojos azules. La segunda es pura provincia. Nació y se crió en Aalborg, cuarta ciudad danesa, casi en la otra punta del país. Lleva el pelo recogido y su fama en el extranjero se debe a la firmeza con que, siendo socialdemócrata, defiende que mantendrá la estricta política de extranjería del Gobierno anterior, formado por liberales y conservadores, pero que en asuntos de inmigración actuaba al dictado del nacionalista Partido Popular Danés (DF).

Aquí aparece una de las características que han marcado su carrera: la capacidad para dar giros de 180 grados. El primero se inició en 2005. Con la vehemencia que la caracterizaba entonces, bastante atemperada actualmente, Frederiksen criticó a los padres que trasladaban a sus hijos de colegios públicos a privados. Sobre todo, a quienes lo hacían para evitar escuelas con alta concentración de inmigrantes: “Son unos egoístas”. Cinco años más tarde, inscribía a su hija mayor en un centro privado. Se las vio y deseó para justificar su decisión, admitiendo que se había precipitado al generalizar sobre el egoísmo paterno: “Hablamos con su guardería y concluimos que lo mejor para ella es ir a un colegio más pequeño que el público que tenemos al lado de casa, que por cierto es magnífico”. Desde 2012, su hijo menor también va a la misma escuela privada.

El giro actual resulta mucho más trascendente. Supone el cambio más radical con lo que fue la política tradicional socialdemócrata respecto a la inmigración. No tanto porque la evolución del partido en este sentido se inició ya a finales de los 80, sino porque la primera ministra pertenecía a la facción más reticente a aceptar el desplazamiento hacia la derecha.

De hecho, quienes primero lanzaron la voz de alarma ante los problemas de integración en Dinamarca no fueron los nacionalistas, sino alcaldes socialdemócratas del cinturón obrero de Copenhague, el Vestegn, la comarca oeste. Advirtieron de que la concentración de no occidentales, principalmente musulmanes, estaba contribuyendo a la creación de sociedades paralelas. Frederiksen figuraba entre quienes consideraron que eran unos “exagerados” que habían perdido el sentido de la proporción ante una cuestión que tampoco era “para tanto”.

Por aquella época también se avergonzaba de su abuelo, como ha admitido en un artículo publicado durante la reciente campaña electoral. El hombre, un panadero jubilado ya fallecido, se quejaba de que en su modesto barrio cada vez había más vecinos con los que no podía comunicarse porque hablaban “extranjero”. Su nieta lamentaba que fuese tan cerrado e insolidario. En el artículo dice haberse dado cuenta de que “la cerrada e insolidaria” era ella.

Frederiksen se estrenó como diputada en 2001, con sólo 24 años. Tenía aspecto casi de adolescente, con la cara más redonda y el pelo corto y de punta. Fueron unas elecciones históricas: el comienzo de la colaboración de liberales y conservadores con el DF, el fin de Dinamarca como supuesto paraíso para inmigrantes. En realidad, como bien apunta Mattias Tesfaye, nuevo ministro de Integración, de padre etíope y madre danesa, los socialdemócratas han apoyado prácticamente todos los endurecimientos de la ley de extranjería aprobados desde 1986.

Aun así, Frederiksen seguía agarrada a la retórica clásica: “Nos estamos convirtiendo en una sociedad multiétnica. Debemos aceptarlo”, declaró en 2001. “Y no debemos dificultar las reagrupaciones familiares. Lo importante es la integración, no la cantidad de extranjeros que llegan”. Incluso criticaba a su propio partido: “Cada vez que damos un paso a la derecha, los demás dan dos”, dijo en 2002. “Es una lucha que no podemos ganar”.

Diecisiete años más tarde, más que pasos, lo que ha dado ha sido un triple salto. Sus mensajes son ahora totalmente opuestos: los inmigrantes deben adaptarse a la cultura danesa; las reagrupaciones familiares tienen que limitarse; y las devoluciones a los países de origen tienen prioridad sobre la integración. “Si queremos asegurar nuestro estado de bienestar, hay que impedir que vengan más inmigrantes de los que podemos manejar”, afirmó durante la campaña.

Quizá eso explique porque el primer ministro saliente, el liberal Lars Løkke Rasmussen, concluyó como lo hizo el discurso que pronunció al entregar a su rival las llaves del Ministerio, tal y como manda la tradición: “Estoy seguro de que Mette será una jefa de Gobierno fantástica”.

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