Los responsables de los principales bancos centrales (hasta 60) y autoridades monetarias del mundo están ya cansados de que la recuperación de la economía resida, fundamentalmente, en sus políticas de impulso monetario desarrolladas los últimos años. Sobre todo porque lo que estaban llamadas a ser en un principio medidas «excepcionales» y de un limitado uso temporal se han terminado alargando casi tres años en algunos casos.

Por eso el organismo que los agrupa, conocido como Banco de Pagos Internacionales (BPI), aprovechó este domingo la celebración de su asamblea general anual para dar un severo toque de atención a los gobernantes nacionales, sin concretar países pero con un mensaje velado más dirigido a los Estados de la UE como les viene recordando hace tiempo el propio presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi. «La política monetaria no puede ser el motor de crecimiento para el futuro», alertó en su informe de balance el director general del BPI, Agustín Carstens, cuyo nombre llegó incluso a sonar tiempo atrás para dirigir el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Para que la economía mundial pueda crecer de manera sostenible es necesario –sostuvo– que las autoridades políticas acometan lo que se les viene solicitando con escaso éxito desde los bancos centrales hace tiempo:_acometer las reformas estructurales pendientes, establecer políticas fiscales que reduzcan el elevado grado de endeudamiento –sobre todo en las empresas– y, además, medidas macroeconómicas que sean «prudentes». «El avión no puede volar con un solo motor -dijo en referencia a los estímulos establecidos desde el BCE o la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos-, debe arrancar los cuatro que tiene», enfatizó Carstens durante su discurso en la sede del BPI en Basilea (Suiza).

«Conservar combustible»

En ese símil entre la economía y un vuelo intercontinental, el responsable de esta ‘patronal’ oficiosa de bancos centrales estimó que «la navegación hacia cielos más despejados requiere conjugar la velocidad y la estabilidad, así como conservar algo de combustible que permita hacer frente a posibles vientos en contra». Traducido a la situación actual, significa que las autoridades monetarias no pueden exprimir ya mucho más su arsenal de medidas –el famoso «bazuka» del que tanto ha hablado Draghi– so pena de que se queden sin salvaguardas si las cosas empeoran, amén de que su efectividad será cada vez «más y más limitada».

Y es que algunos organismos e institutos internacionales ya no solo hablan de desaceleración, sino de caídas en el Producto Interior Bruto (PIB) a nivel global e incluso los más osados apuntan riesgos de recesión –el BPI_no–. No ajeno a ello el presidente del BCE anunció el pasado 18 de junio que estudia activar nuevos estímulos en la economía europea si la recuperación no se consolida. Y_para ello, dijo, usará «todos los instrumentos disponibles», sin descartar «más recortes en los tipos de interés» –en la zona euro el precio del dinero está en el 0% desde marzo de 2016, aunque a la banca se le cobra hace tiempo por sus depósitos– e incluso la compra de más deuda pública y privada, donde cree que «todavía tiene considerable espacio».

Un día más tarde la Reserva Federal norteamericana también abría la puerta a rebajar los tipos al otro lado del Atlántico: no lo hace desde 2008, cuando volvió a subirlos –hasta en nueve ocasiones posteriores– tras dos años de ajustes para dejarlos en la horquilla actual del 2,25%-2,50%. La incertidumbre y la baja inflación serán las factores, al igual que en el BCE, que determinarán si llega a tomar esa decisión finalmente.

Apalancamiento empresarial

Para Carsten el recurso a medidas monetarias no ordinarias –lo que en su comparativa aérea llamó «turbocompresores de corta duración»– debe ser limitado en el tiempo y en las cuantías. Primero porque si bien «es posible que a corto plazo dejen claros beneficios, pueden acabar ocasionando costes a largo». «Las vulnerabilidades financieras crecerán y el espacio de maniobra de estas políticas puede desaparecer» cuando haga más falta, insistió.

Este temor se podría hacer realidad por el mayor apalancamiento de las empresas, que le recuerda el inicio de la crisis de las hipotecas ‘subprime’ por su alto volumen (tres billones de dólares), y la baja rentabilidad de la banca a causa de los tipos bajos que reducen su capacidad de apoyar la economía. «El riesgo de desacelerar hasta la velocidad de pérdida de sustentación ha de ponderarse con el de quemar combustible demasiado rápido», alertó.

«No hay ganadores en las guerras comerciales, solo perdedores»

Pese a la tregua temporal en el conflicto arancelario a gran escala entre EE UU y China, los organismos internacionales siguen temiendo efectos negativos a medio plazo. Por eso el director general del Banco de Pagos Internacionales (BPI), Agustín Carstens, advirtió ayer de que «en las guerras comerciales no hay ganadores, solo perdedores».

De hecho, se refirió a la desaceleración económica del gigante asiático como uno de esos efectos negativos, con el agravante de que «se ha extendido rápidamente a todo el mundo». No obstante, valoró los esfuerzos del país para reducir el endeudamiento de sus empresas en el camino para «asegurar una transición suave a una economía basada en los servicios».

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