Dividiendo la península coreana entre el Norte comunista y el Sur capitalista desde hace más de siete décadas, el Paralelo 38 fue la primera frontera de la Guerra Fría y es la última que queda. Totalmente cerrada al tránsito, se trata de una franja de «tierra de nadie» de cuatro kilómetros de ancho y 248 de largo conocida como la «Zona Desmilitarizada». A pesar de su nombre, es el lugar del mundo con mayor concentración
de soldados, armamento y minas enterradas por metro cuadrado. Hay tantas que se tardaría 300 años en limpiarla por completo.

Como último vestigio de la Guerra Fría, con sus soldados armados tras las alambradas, el Paralelo 38 atrae cada año a miles de viajeros atraídos por su anacrónico encanto bélico. A unos 60 kilómetros al norte de Seúl, el lugar más impactante es el puesto de Panmunjom, donde Trump y Kim Jong-un se encontraron ayer. Además de ser el escenario donde el Norte y el Sur se reúnen para sus contactos, se ha convertido en un popular destino turístico porque desde aquí se puede ver a pocos metros a los soldados del otro lado.

Justo en medio, una fina raya de cemento marca la frontera entre las dos Coreas, atravesando sus famosas casetas azules como símbolo de la herida abierta entre ambos países. A unos metros de donde se firmó el armisticio que puso fin a la guerra librada entre 1950 y 1953, en la que la Unión Soviética y China apoyaron al Norte y Estados Unidos y 21 países de la ONU al Sur, el puesto de Panmunjom parece sacado de una película de espías. Rígidos como estatuas, con los puños cerrados y apretando la mandíbula bajo sus gafas de sol, los militares del Sur asoman medio cuerpo tras las casetas a unos pasos de los soldados del Norte. Un duelo silencioso que atrae a numerosos turistas en grupos organizados.

Escenario de enfrentamientos, como el «incidente del hacha» que costó la vida a dos militares estadounidenses en 1976 o la deserción en noviembre de 2017 de un soldado norcoreano tiroteado por sus compañeros, la frontera del Paralelo 38 tiene otros muchos «encantos». Desde el «Puente Sin Retorno», donde ambos bandos se intercambiaban espías durante la Guerra Fría, hasta el estrecho y claustrofóbico «Tercer Túnel», cuyo kilómetro y medio de longitud fue excavado por Pyongyang a 300 metros de profundidad para que su Ejército pudiera invadir al vecino del Sur. Aunque el régimen comunista a siempre ha negado esta acusación, Corea del Sur descubrió en los años 70 otras
tres galerías subterráneas con las que sus militares pretendían penetrar en el país
para conquistar Seúl.

Otro de los puntos de interés es el observatorio del Monte Dora. Con unos prismáticos, desde aquí se puede contemplar cómo los campesinos se esmeran en sus faenas agrícolas en el primer pueblo norcoreano al otro lado de la frontera, Kijong-dong. A pesar de las dignas viviendas construidas intencionadamente en esta localidad, denominada el «pueblo de la propaganda» al pensar los surcoreanos que nadie vive allí en realidad, su imagen dista mucho de la que ofrece el flanco meridional de la línea de demarcación. Mientras en Kijong-dong se alza una bandera de 160 metros de Corea del Norte, en Imjingak hasta se ha instalado un parque de atracciones con unos carruseles y un barco vikingo, como el de las ferias, junto a la exposición de aviones y tanques que participaron en la contienda.

Puntos de interés
A su alrededor se erigen el templo que alberga la Campana de la Paz y el Puente de la Libertad, que 12.773 prisioneros de guerra surcoreanos cruzaron en 1953 para volver a su casa tras el armisticio. Por su parte, muchos soldados norcoreanos prefirieron no regresar al opresivo país comunista, como se recuerda en las banderas y cintas conmemorativas colgadas en la valla que impide el acceso al puente.

Tras ella, pasa un tren que se dirige a la estación de Dorasan, construida en plena Zona Desmilitarizada gracias al acercamiento entre las dos Coreas en el año 2000 debido a la reunión de sus dos dirigentes, Kim Dae-jung, a la postre Nobel de la Paz, y el «Querido Líder» Kim Jong-il. Aunque, en principio, esta línea ferroviaria iba a seguir hasta Pyongyang, en la actualidad acaba a pocos metros de la estación ubicada en el lado norcoreano.

Con un «
Parque de la Paz» en el que se muestran monumentos conmemorativos y un tanque Marshall de la guerra, la estación de Dorasan es la última del Sur. O la primera hacia el Norte, como dicen aquí pensando en la reunificación. Durante la ocupación japonesa, la línea Gyeongui recorría el país desde Busan, en el extremo suroriental, hasta Sinuiju, en la frontera con China, pasando por Seúl y Pyongyang.

Vías muertas
Como un triste recordatorio, los carteles de la estación indican que la capital surcoreana se halla a 56 kilómetros y la del Norte a 240. Si la línea se conecta de nuevo algún día y une la península coreana, podrá enlazar con el Transiberiano hasta Europa. Para ello, en la estación de Dorasan hay incluso un andén a Pyongyang. Pero, como un cruel metáfora de las relaciones entre las dos Coreas, es una vía muerta.

En el Parque de la Paz, los escolares del Sur aprenden las lecciones de la Historia para que sus errores no se vuelvan a repetir. Al otro lado, en cambio, la propaganda norcoreana adoctrina desde la cuna para luchar hasta la muerte por el régimen de Kim Jong-un contra los imperialistas de Estados Unidos y sus títeres del Sur.

Al igual que la vía muerta, en las inmediaciones de la estación sigue cerrado el polígono industrial de Kaesong. Construido y gestionado por la multinacional Hyundai desde 2004, en dicho parque operaban 124 pequeñas y medianas empresas del Sur que tenían contratados a 54.000 empleados norcoreanos para producir desde ropa hasta componentes de automóviles pasando por aparatos electrónicos y menaje para el hogar. Tras varios cierres en crisis anteriores, el complejo fue definitivamente clausurado por el Gobierno surcoreano en febrero de 2016, como represalia por el cuarto ensayo nuclear de Kim Jong-un y posterior lanzamiento de un misil.

Con la distensión entre las dos Coreas recuperada por la visita de Trump al Paralelo para reunirse con Kim Jong-un, resurge la esperanza de abrir otra vez el polígono de Kaesong y, en el futuro, acabar con la última frontera de la Guerra Fría.

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