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13-N: la noche en que se apagó París

Un furgón azul oscuro permanece aparcado en el cruce de la rue Bichat y la rue Alibert, en el corazón del distrito X de París. El vecindario se ha acostumbrado a su extraña presencia, a su pequeño rótulo en letras blancas: “gendarmería”, a sus pasajeros vestidos con chalecos antibalas y armados con fusiles protocolarios. De vez en cuando, salen del vehículo, cambian de guardia, observan a los viandantes, escasos y enmascarados. La pandemia de coronavirus dicta las normas, pero la epidemia tiene poco o nada que ver con el furgón azul oscuro.

El número 20 de la rue Bichat y en el número 18 de la rue Alibert, ubicación del restaurante Le Petit Cambodge y del bar Le Carillon, aparecen como una referencia, tan simbólica como trágica, en la historia del terrorismo islamista en Francia: el 13 de noviembre de 2015, 15 personas fueron asesinadas en sus terrazas bajo el grito “Allahu akbar” -“Dios es grande”-. Cinco años después, el furgón azul oscuro y sus ocupantes recuerdan no sólo la tragedia, sino la continuidad de una amenaza latente.

Han pasado cinco años desde la noche del 13 de noviembre del 2015, una noche convertida en desgracia: en total, 130 personas perdieron la vida y más de 400 resultaron heridas a manos de tres comandos del Estado Islámico. “Mujeres y hombres [que] estaban en París […] una ciudad que vibra de día y brilla de noche. Estaban en las terrazas de los cafés […] en esa noche en la que el otoño parecía no tener fin. Estaban cantando en el Bataclan al son de un grupo americano […] en un lugar que durante dos siglos ha sido la encarnación del espíritu de París”, resumió François Hollande, por entonces presidente, durante el homenaje nacional dedicado a las víctimas de los atentados.

Aquel “acto de guerra ejecutado con frialdad” -retomando las palabras del expresidente socialista-, comenzó en los alrededores del Estadio de Saint Denis, al norte de la capital, donde tres explosiones interrumpieron el partido amistoso que enfrentaba a Francia y Alemania. Bilal Hadfi, Ahmad Al-Mohammad y Mohammad Al-Mahmud acababan de inmolarse, llevándose consigo la vida de una persona y dejando una decena de heridos. Eran las nueve y veinte de la noche.

Cinco minutos después un segundo comando se puso en marcha. En el interior de un Seat Leon, Abdelhamid Abaaoud, Chakib Akrouh y Brahim Abdeslam pusieron rumbo al centro de la capital, a los concurridos barrios parisinos cerca de la plaza de la República y el bulevar Voltaire, donde los bares rebosan de gente joven. Primero desembarcaron a las puertas de Le Petit Cambodge y Le Carillon, las ráfagas de kalachnikov arrasaron sus terrazas.

Tuvieron tiempo de volver a subirse al coche y elegir dos nuevas víctimas: la pizzería Cosa Nostra y la cervecería La Bonne Bière.  Continuaron su andadura por el bulevar Voltaire hasta llegar al bar La Belle Équipe. No muy lejos, en Le Comptoir Voltaire, Brahim Abdeslam activó su chaleco explosivo, hiriendo a una decena de clientes. En menos de media hora, el segundo comando acabó con la vida de 39 personas. La pesadilla no había hecho más que empezar.

El teatro Bataclan se convirtió en el objetivo del tercer comando. Jesse Hughes, el vocalista del grupo estadounidense Eagles of Death Metal, entonaba ‘Kiss the devil’ cuando Samy Amimour, Ismael Omar Moustefai y Foued Mohammed-Aggad irrumpieron en la abarrotada sala. Durante más de 20 minutos, los tres terroristas acribillaron al público.

“La gente fingía estar muerta […] teníamos tanto miedo […] Una de las razones por la que tanta gente fue asesinada fue porque no querían abandonar a sus amigos“, relató Josh Homme, miembro de la banda estadounidense y superviviente del atentado, en una entrevista concedida a Vice. 90 personas murieron en el interior de Bataclan, cientos resultaron heridas, física y psicológicamente. Un miembro del comando fue abatido por la policía, los otros dos se hicieron saltar por los aires valiéndose de sus cinturones de explosivos. Eran casi las doce y media de la noche.

Un policía atiende a una víctima del ataque en la sala Bataclan de París, el 13 de noviembre del 2015. / PHILIPPE WOJAZER (REUTERS)

“Ser víctima es algo que se nos impone […] De alguna manera, un terrorista ha decidido hacer de nosotros una víctima”

“Víctimas, ¿y después?”, se pregunta cinco años después Arthur Dénouveaux, presidente de la asociación Life for Paris y superviviente de Bataclan, en un pequeño ensayo publicado en el 2019. “Ser víctima es algo que se nos impone, somos víctimas: es la cima de la inacción… De alguna manera, un terrorista ha decidido hacer de nosotros una víctima […] ¿Qué he hecho de mi vida? ¿Dónde estoy cinco años después? ¿Sigo siendo una víctima, me considero más como un rescatado, como un superviviente, cómo una víctima jubilada…?”, suspira Dénouveaux al teléfono.

París no ha vuelto a ser la misma. “Después de aquel 13 de noviembre nuestro día a día ha cambiado, hay algo que se ha roto […] Desde entonces se ha producido un encadenamiento de atentados, que continua sin descanso […] Ha cambiado nuestra relación con el espacio público, nuestra manera de desplazarnos. Personalmente, cuando estoy en una terraza en París o en un restaurante, el recuerdo del atentado vuelve […] Recuerdo la situación, la fragilidad en la que nos encontramos de un momento a otro aquella noche, tuvimos suerte de estar en un camino diferente al de los terroristas, pero tengo amigos que estaban en Le Petit Cambodge y en La Belle Équipe, ellos asistieron en directo al atentado”, relata Nicola Lo Calzo, quien aquella noche se encontraba en un restaurante a escasos metros de la sala Bataclan.

El 13 de noviembre del 2015, Nicola, fotógrafo de profesión, celebraba la publicación de uno de sus libros. Una velada de celebración interrumpida por el discurso de François Hollande. Instantes después, dos jóvenes llegaron al restaurante, “tenían las zapatillas empapadas de sangre“. Habían conseguido escapar de Bataclan. El padre de uno de ellos, encargado de acompañarles al concierto, había desaparecido. “Nunca sabré qué fue de ellos, ni si encontraron al padre, es algo que lamento, estuvimos con ellos hasta las 2.30 horas de la madrugada, pero no se me ocurrió pedirles su teléfono, conseguimos encontrarles un taxi y les mandamos a casa. Nunca más he sabido de ellos”.

El quinto aniversario de aquel 13 de noviembre llega cuando la segunda ola de coronavirus golpea con fuerza al país, en especial a su capital. La crisis sanitaria y el confinamiento impedirán la celebración de las ceremonias de homenaje en una fecha clave para las víctimas. “Hay una temporalidad en la memoria pública de un atentado y el 5º aniversario es un momento esencial. Habían preparado una ceremonia, una exposición […] [Todo ha tenido que ser anulado] y para las víctimas es muy doloroso”, explica Gérôme Truc, sociólogo especialista en movimientos sociales post-atentados.

“Hay una temporalidad en la memoria de un atentado y el 5º aniversario es un momento especial. [La pandemia ha obligado a anular los actos] y para las víctimas es muy doloroso”

“Lo que nos gusta es poder reunirnos y encontrarnos entre nosotros para ponernos al día, para pasar un momento entre personas que han vivido lo mismo, que son capaces de hablar del 13 de noviembre sin que haya cualquier cosa extraña en nuestras conversaciones”, explica Arthur. “Tener que prescindir de esto, en el último minuto, es muy difícil, pero no tenemos que desanimarnos […] Al final del día haremos un aperitivo a través de Zoom, todos juntos, trataremos de encender una vela y brindaremos por los fallecidos y por los que estamos todavía vivos“.

¿Son cinco años suficiente para cerrar las heridas? “A título personal veo que estos últimos cinco años no han cambiado mucho. Sin embargo, del juicio espero algo, como un final de ciclo“, continúa Arthur, haciendo referencia al proceso judicial que comenzará el próximo año. “Es difícil saber lo que puede suponer para las víctimas un proceso judicial así […] Nos permitirá hacernos escuchar, compartir nuestro relato delante de la justicia, leer los hechos y explicarlos, todo eso está bien. Pero, ¿aporta esto una cura para las víctimas? Estoy seguro de que no… ¿Qué pasa si los acusados principales no quieren hablar, como será seguramente el caso? ¿Pierde el juicio su sentido?”, se interroga.

Reconoce con pesadumbre que sólo pensar en el juicio le genera cierta ansiedad, pero también esperanza, “aunque todavía no sé a que nivel debo colocar mis expectativas”, insiste.

“El juicio nos permitirá hacernos escuchar, compartir nuestro relato. Pero, ¿aporta esto una cura para las víctimas? Estoy seguro de que no”

El quinto aniversario, así como el juicio que se acerca a pasos agigantados, son dos eventos cruciales en el proceso de cura de las víctimas y de la sociedad francesa, quizás también de un París violentado sin descanso por la sombra del terrorismo. “Es necesario reabrir la herida. El juicio reabre las heridas, regresamos a lo que pasó, […] cavamos hondo, precisamente para buscar todo lo que puede quedar de pus, cualquier cosa que pueda crear una infección. Todo para poder decir, ‘voilà’, todo ha sido aclarado: volvemos a coser la herida, cicatriza bien y podemos pasar página”, explica Gérôme Truc.
 

Un momento de reminiscencia para pasar página. ¿Será posible? En las últimas semanas, en un momento marcado por el desgaste anímico de la pandemia, la amenaza terrorista ha resurgido con fuerza: la agresión a las puertas de la antigua sede de ‘Charlie Hebdo’, la decapitación del profesor Samuel Paty, el asesinato de tres personas en una basílica de Niza… La amenaza sigue ahí y sigue matando.

“Constatamos con los nuevos atentados que los desafíos de 2015: la progresión del terrorismo islamista en la sociedad francesa, el caldo de cultivo en el que se construye y desarrolla este tipo de terrorismo, el lugar que se acuerda a la religión en el espacio público, la cuestión de la libertad de expresión, del derecho a la blasfemia… no han sido resueltos”, analiza Gérôme Truc, señalando que esta realidad supone un sufrimiento extra para las víctimas del terrorismo.

Una brigada de bomberos ayudan a un herido en la masacre de Bataclan. / CHRISTIAN HARTMANN (REUTERS)

¿Qué ha cambiado realmente a lo largo de los últimos cinco años? ¿Ha conseguido el terrorismo su objetivo? “Creo que el terrorismo moderno, como lo vemos ahora, tiene como objetivo separar a todo el mundo. No es una fracción contra otra, es todos contra todos, cada uno se siente solo y diferente del resto, y creo que este punto no lo han logrado. Sin embargo, han conseguido crear una fractura muy fuerte en la sociedad que necesita una fuerza política increíble para ser reparada“, concluye Arthur, quien se niega a conceder cualquier victoria a los terroristas, incluso la de convertirle en una víctima de por vida.

“Los terroristas han conseguido una fractura muy fuerte en la sociedad que necesita una fuerza política increíble para ser reparada”

“Queremos que nuestra asociación se disuelva después del proceso, justamente para marcar el final de una cierta victimización entre nuestros asociados. No será por la falta de medios, ni por la falta de apoyo del Estado, será un acto voluntario para cambiar la situación y aceptar que esta muleta debe desaparecer”. Un punto y final, quizás.

En la elaboración de este reportaje también han participado Eva Domínguez (dirección creativa) y Silver Larrosa (ilustraciones).

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