Política

Así debutó Laura Borràs en el ‘procés’

Las aguas en el independentismo, especialmente entre el PDECat y ERC, unidos entonces en Junts pel Sí, bajaban revueltas -cosa rara-, en abril del 2017. Por un lado existía el runrún, en ambas trincheras del Govern, de que el adversario, y sin embargo socio, no se implicaba a fondo en el reférendum. Así, los posconvergentes personalizaban sus críticas en Oriol Junqueras, al que acusaban de no querer firmar nada comprometedor. Y los republicanos señalaban con el dedo a varios ‘consellers’ del PDECat porque, martes a martes (día de la reunión del Consell Executiu) no veían ningún avance en sus áreas.

De hecho este runrún se fue convirtiendo en mar de fondo hasta llegar a mediados de julio, cuando Carles Puigdemont provocó la crisis de Govern. En ella, los ceses de los ‘consellers’ Neus Munté, Jordi Jané y Meritxell Ruiz y el secretario del Ejecutivo, Joan Vidal de Ciurana, sucedieron en apenas días a la destitución también de Jordi Baiget. Todos ellos del PDECat y todos ellos señalados por ERC. Puigdemont no cesó a ningún republicano.

Por si fuera poco, en ese mes de abril explotó el caso de la grabación de una conversación privada a David Bonvehí, realizada por militantes de ERC. La tensión entre ambas fuerzas llegó a máximos, con un amago, incluso, del propio Bonvehí de acudir a la Fiscalía a denunciar los hechos. Finalmente se desdijo y así una parte del Govern independentista no denunció a la otra parte por espionaje a la justicia española.

Doble decisión

Para salvar la crisis se tomaron dos decisiones. Los entornos republicanos y posconvergente propusieron crear el ya famoso ‘sanedrín’, con personalidades ajenas al Govern pero con un innegable compromiso con el referéndum y esquivar, así, el asunto en las reuniones oficiales. Asimismo, Junqueras, pidió a Puigdemont que, así que pasara la Semana Santa, se celebrara un solemne acto en el Pati dels Tarongers, con el Govern y el ‘sottogoverno’, es decir, los cargos de designación política, de compromiso con el referéndum. Una especie de ‘jura de urna’ por la que los republicanos querían amarrar a los posconvergentes más díscolos.

Puigdemont, de cuyo compromiso con el referéndum nadie dudaba, aceptó. Con una sola condición. Que quien leyera el manifiesto fuera Laura Borràs, una desconocida, entonces, para Junqueras y sus allegados. ERC no puso una sola objeción: “Es lo de menos, nadie se acordará ni del texto, ni de quien lo lea. Solo importa la foto de los 140 cargos”, apuntó, entonces, un alto mando de Esquerra. 

Ese fue el debut en el ‘procés’ de Borràs. El texto que leyó la entonces directora de la Institució de les Lletres Catalanes fue escrito, seguramente sin saberlo ella, por la mano derecha de Junqueras de la época, Sergi Sol, convertido, hoy, en uno de los personajes más insultados por los seguidores de Puigdemont y de la propia Borràs. El escrito fue tecleado por Sol, en su telefóno móvil, durante los días de guardar de la Semana Santa, estando con su familia en el Pirineo.

El siguiente movimiento puramente político de Borràs (que además de dirigir la institución cultural había sido tertuliana en TV-3) fue su presencia en Bruselas al poco de que Puigdemont se asentara ahí, tras la declaración de independencia. Y ahora opta a ser la presidenciable del partido del mismísimo Puigdemont. Justo cuando sus relaciones no pasan por la luna de miel de ese 2017.

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