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Biden, el político de la vieja guardia para salvar EEUU

La presidencia de Donald Trump alcanzó uno de sus momentos más bajos en agosto del 2017. Cientos de neonazis acababan de marchar con antorchas por las calles de Charlottesville (Virginia), liándose a puñetazos contra los manifestantes que acudieron a repudiarles y matando a una mujer al estampar un vehículo contra una multitud pacífica. Lejos de condenar aquellas imágenes que horrorizaron al país, Trump trató de establecer equidistancias. “Había gente estupenda en ambos bandos“, dijo el republicano. Para Joe Biden fue la gota que colmó el vaso, el momento en que las dudas sobre su candidatura se disiparon, según ha contado alguna vez. “En ese momento supe que la amenaza contra nuestra nación no podía compararse con nada que hubiera visto en mi vida”, afirmó el año pasado al lanzar su campaña.

Joseph Robinette Biden Jr. no es Churchill, pero aquel momento churchilliano podría acabar siendo providencial si conquista la presidencia tras dos intentos previos fallidos. El primero en 1988, el segundo en 2008. El demócrata ha planteado estas elecciones como un plebiscito para “devolver la decencia” a la Casa Blanca, unir al país y salvarlo de la deriva autoritaria de los últimos cuatro años. En muchos sentidos es la antítesis de su rival neoyorkino: un político de la vieja guardia, experimentado, pragmático y propenso al acuerdo bipartidista, criado entre la clase media de un pueblo minero de Pensilvania. Trump ha querido pintarlo en esta campaña como un “socialista”, “una marioneta de la extrema izquierda” que “destruirá el modo de vida americano”. Pero lo cierto es que este católico de origen irlandés ha sido cualquier cosa durante su toda su vida menos un radical. 

Ni bebía ni fumaba

Ni siquiera en los años sesenta, cuando apostó por la carrera de Derecho al ver en un almanaque que la mayoría de los senadores eran abogados. En aquella época de excesos y cantos revolucionarios, Biden no bebía, no fumaba y vestía con chaquetas deportivas y pantalones chinos. Salido del instituto trabajó de socorrista en un barrio negro de Wilmington, la capital de Delaware, a la que se mudaron sus padres desde Scranton cuando tenía nueve años. Allí empatizó con las injusticias de los afroamericanos y, si bien protagonizó pequeños gestos de rebeldía, apenas participó en las marchas de aquellos años. Tampoco contra la guerra de Vietnam, de la que se libró por el asma que padeció durante la adolescencia. 

“En lo que respecta a los derechos y libertades civiles, soy progresista, pero eso es todo. En realidad, soy bastante conservador en muchos otros asuntos”, dijo en 1974, dos años después de convertirse en uno de los senadores más jóvenes en historia de la Cámara Alta con tan solo 30 años. Aquel fue el principio de casi medio siglo de vida pública en Washington, donde pasó 36 años como senador y ocho como vicepresidente de Barack Obama, quien lo escogió por su conocimiento de la política exterior y sus simpatías entre los obreros blancos del Medio Oeste, los mismos que ahora se han convertido en el núcleo duro del trumpismo. 

Biden nunca llegó a instalarse en la capital. El infortunio se cruzó antes en su camino. Solo unos días antes de jurar el cargo en 1972, su primera mujer y su niña de 12 meses fallecieron en un accidente de tráfico. Desesperado, pensó en dejar la política y hacerse cura, pero su entorno le convenció de que no había vuelta atrás. Lo hizo con una condición: sería buen padre o abandonaría la política. Cada mañana cogió el tren desde Wilmington tras dejar a sus hijos (Beau y Hunter) en el colegio y volvió al anochecer para meterlos en la cama. En su renacer fue fundamental la figura de Jill Jacobs, una profesora de Delaware a la que conoció en una cita a ciegas. Se casaron en 1977 y tuvieron una hija, Valerie. 

Pero aquella no sería la última tragedia de Biden porque en 2015 perdió a su hijo Beau, fiscal general de Delaware, fallecido a los 46 años de un tumor cerebral. Un hijo al que describió como su héroe: “Tenía todas mis virtudes y ninguna de mis flaquezas”. Otro golpe de la vida que, según sus allegados, se llevó por delante su arrogancia.  

Desde entonces Hunter ha ocupado buena parte de sus desvelos. Tanto por sus adicciones como por sus cuestionables negocios en el extranjero cuando su padre era vicepresidente, explotados hasta la saciedad por Trump, que ha llegado a describir a Biden como el “jefe de una familia del crimen organizado”. 

Políticamente el demócrata nunca fue nunca un ideólogo. Y menos de la izquierda. Más bien basculó en paralelo al color político de los tiempos, siempre muy cercano a la industria financiera que reina en su estado y con pulsiones intervencionistas en el extranjero. Ayudó a redactar las políticas de encarcelación masiva de Bill Clinton, se alineó con Wall Street en la reforma de las leyes de quiebra y respaldó la desregulación financiera que acabó dando pie a la Gran Recesión. También allanó el camino para la guerra de Irak como presidente del Comité de Exteriores del Senado. “Hay que quitarle las armas a Saddam o Saddam debe ser apartado del poder”, dijo en una de las audiencias del 2002. 

De ahí que la izquierda no le tenga demasiado cariño, pese a que también fue instrumental para aprobar leyes contra la violencia machista, salvar a la industria del motor o defender a los sindicatos. En una frase muy reveladora a principios de su campaña, Biden les dijo a un grupo de grandes donantes en Nueva York que no debían tener miedo a su candidatura porque “nada cambiará fundamentalmente”

Desde entonces, sin embargo, Biden parece haberse convencido de que los tiempos y las nuevas generaciones de su partido demandan algo más que una vuelta al estatus quo. “Quiero ser el presidente más progresista desde Franklyn Roosevelt”, le dijo a Bernie Sanders cuando buscaba su respaldo hace unos meses, según han publicado los medios estadounidenses. Obama cree que Biden no ha cambiado: “Son las circunstancias las que han cambiado”. 

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