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“Dimito. La vida del profesor de instituto en Francia es un sinvivir”

La decapitación en Francia del profesor Samuel Paty ha supuesto un duro golpe para Marta, nombre ficticio de una profesora española en Perpiñán que quiere mantenerse en el anonimato. “Es cómo regresar al medievo. No solo querían cortar su cabeza sino su pensamiento. La vida del profesor de instituto en Francia es un sinvivir y no creo que la decapitación cambie nada del sistema educativo”, explica en una entrevista con el diario ‘Información’ esta maestra de secundaria.

“Tengo mucho miedo, por mí y por mis hijas. Porque no solo me han agredido dos adolescentes, también me han amenazado sus padres“, asegura con la voz entrecortada. Estos días está en Elche, su ciudad natal. En Francia están de vacaciones, aunque ella se encuentra de baja por una agresión que permite visualizar “cómo está la situación del sistema educativo francés”. Sus orígenes profesionales -Marta es periodista- le han ayudado a dar un paso “que nadie da en ese país”.

“No se atreven a hablar, a denunciar, a decir lo que está pasando, porque no solo es el miedo a sufrir una agresión. Está también el rechazo de tus compañeros de trabajo, del director del centro, que no es maestro y que se juega el ascenso en la medida en que tiene más o menos expulsados o incidentes en su instituto. Incluso de la Inspección. Nadie nos defiende“, asegura esta profesora de español, cuyo caso ha saltado a la prensa internacional.

Aviso desde la dirección

Hoy acude a esta entrevista con una mascarilla que solo deja ver sus ojos. Es suficiente. En ellos se percibe perfectamente el calvario vivido mientras cuenta cómo una mañana dos alumnos, “de 15 años pero 1,80 de estatura”, le agredieron porque los expulsó de clase. “Ya sabía con quién me la jugaba. Llevo cinco años como profesora y nada más llegar a la profesión, desde la dirección del centro me dijeron que los primeros meses los dedicara a actuar como policía del aula, que no intentara enseñar, que me olvidara del programa”.

La jornada del 1 de septiembre, la profesora ilicitana vivía un día normal de clase. Los alumnos se reían de ella, de su acento al hablar francés. Marta insiste en que no quiere demonizar ningún origen, raza ni religión. Lo repite durante la entrevista en varias ocasiones, pero aclara que en su instituto la mayoría de los alumnos son franceses de origen magrebí. De quinta o sexta generación. “Y me han insultado, amenazado y agredido varias veces, por lo que vivo atemorizada y ya no pienso volver nunca más”.

Con todo el revuelo de la clase, Marta se dirigió a dos estudiantes y les mandó al despacho del jefe de estudios. Tras una primera negativa, pidió a una alumna que avisara al responsable escolar y en ese momento decidieron irse. Entonces la profesora se puso frente a la puerta y se le echaron encima.

Sin apoyo

Ante la agresión, Marta no recibió ningún apoyo ni de la dirección ni de la inspección. De hecho, el director le llegó a decir que debía cambiar su forma de dar clase porque eran alumnos conflictivos y con un tipo de carácter diferente y que debía aceptar sus insultos. Varios días después del incidente, los estudiantes fueron expulsados dos días por “comportamiento irrespetuoso”. Indignada con la decisión, Marta denunció ante la Policía una “agresión física y moral” y dimitió de su puesto en el instituto.

Además de los golpes de sus alumnos, Marta sufrió amenazas de sus padres cuando les llamó para relatarles lo ocurrido. “Me dijeron que debía habérmelo pensado mejor antes de expulsarlos. La madre de uno me llamó racista tres veces”, recuerda.

“No quiero saber nada de la enseñanza. El poder lo tienen los alumnos y sus familias, y los directores, que son administrativos, no profesores. Nadie quiere ser maestro en Francia ni denunciar porque no tendrán apoyo”, concluye esta maestra.

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