El apocalipsis vuelve de la mano de Trump

No hay emoción más poderosa que el miedo. En cualquiera de nuestros países hoy en día, sin ir más lejos, se ha conseguido lo impensable: convencer a toda la población para encerrarse en casa durante meses por miedo a la pandemia. Donald Trump tiene un poderoso olfato para detectar los bajos instintos y pocos escrúpulos para manipularlos. No soltara tan poderosa herramienta fácilmente. Si faltan los trabajos, explota el miedo a los inmigrantes. Si hay atentados, tuitea vídeos antiislámicos. Y si aprietan las protestas, agárrate a la Biblia y las pistolas.

Durante la Convención Nacional Republicana de Cleveland, hace cuatro años, cuando aceptó la nominación presidencial del Partido Republicano, dibujó la imagen apocalíptica de un Estados Unidos a lo Mad Max, asediado por la violencia que, cuatro años después, bajo su tutela, es más verídico que nunca. Pero el truco no es nuevo.

«Al mirar a Estados Unidos vemos ciudades envueltas en llamas, oímos sirenas por las noches y vemos a estadounidenses muriendo en lugares distantes». La frase, que formaba parte el discurso de aceptación del candidato presidencial durante la convención del Partido Republicano, no es de Donald Trump, sino que la pronunció Richard Nixon en 1968. La fórmula es infalible. «Nuestra convención se celebra en un momento de crisis», entonó Trump en 2016. «Los ataques a la Policía amenazan nuestra forma de vida».

LA CLAVE:

El discurso del miedo.
El presidente volverá a proclamarse como la «ley y el orden» en un mundo que se desmorona

No hay razón para pensar que vaya a cambiar de táctica esta semana. Las protestas raciales que siguieron al asesinato policial de George Floyd en Minneapolis a final de mayo le han proporcionado la mejor arma electoral. No en vano han sido los peores disturbios raciales desde ese crítico discurso de Nixon en 1968, que seguía al asesinato de Martin Luther King.

«Los estadounidenses que estén oyendo este discurso seguramente habrán visto por televisión las recientes imágenes de violencia en nuestras calles y el caos en nuestras comunidades», dijo Trump hace cuatro años al prometer que sería «el presidente de la ley y el orden». «Muchos incluso habrán visto y sufrido esa violencia personalmente. Tengo un mensaje para vosotros: el crimen y la violencia que nos afectan se acabará pronto», prometió.

Las imágenes de los saqueos en las grandes ciudades y las airadas manifestaciones volverán a colarse esta semana en las pantallas de televisión y contará también con testigos presenciales. Como Mark y Patricia McCloskey, que dieron la vuelta a las redes sociales apuntando a los manifestantes de color con una pistola y un rifle por haber acortado por su césped para esquivar una calle cerrada. «No me importaba de qué color fueran, sólo me importaban sus intenciones», ha dicho Mark. «Estaba aterrorizado, me estaban asaltando. Tenía un miedo inminente a que me arrollaran y me mataran. Yo era una persona asustada por su vida, protegiendo a mi mujer, a mi hogar, a mi casa y a mi sustento», declaró a la CNN.

Además de acusar a Joe Biden de nepotismo y corrupción por la actuación de su hijo en Ucrania, habrá que hacer una defensa exacerbada de las armas y asustar con que los demócratas vienen a quitárselas. Para esto servirá también Andrew Polland, padre de una adolescente de 18 años asesinada durante el tiroteo de Parkland (Florida), y autor del libro ‘Por qué murió Meadow’, un ‘best seller’ que culpa de su muerte a las decisiones ‘políticamente correctas’ con las que se asocia a los demócratas. Trump es el hombre duro, el que dice las cosas «tal como son», sin importarle cuánto escandalicen a los demás.

La ausencia de Bush

En 2016 los congresistas que luchaban por mantener su cargo en distritos vulnerables eligieron no asistir a la convención del partido para que nos se les vinculara con un personaje como Trump. Este año no tendrán ese problema. Ya saben que su líder genera votos y cuenta con una base de leales capaz de hundirlos si se atreven a hacerle un desplante.

Habrá, sin embargo, dos pesos pesados del partido a los que no se verá en esta convención virtual. El expresidente George W. Bush y el senador y ex candidato presidencial Mitt Romney, que es el único legislador que se atreve a votar contra sus políticas y lo critica en voz alta. Con todo, Romney cenó con él en 2016 para solicitarle el cargo de secretario de Estado, por lo que hay que pensar que ese cálculo político incluye que esta vez puede perder las elecciones.

A buen seguro, Trump siguió con atención la Convención Nacional Demócrata esta semana pasada, que estrenó el formato virtual por televisión. Las audiencias que tanto le obsesionan no han sido favorables. Según Nielsen, la primera noche en la que debutó Michelle Obama tuvo 18,7 millones de audiencia, en comparación a los 26 de la convención anterior. Si el mago del ‘reality show’ puede batir esa cifra dará por bueno haber cancelado el baño de masas que planeaba en Jacksonville (Florida), cuando el alcalde de Charlotte (Carolina del Norte) le negó el permiso para saltarse la distancia de seguridad con un mitin.

El año más problemático para anticipar un resultado

La prensa no puede este año cubrir los mítines de Trump y entrevistar a sus seguidores debido al nuevo formato de actos políticos impuesto por el coronavirus, así que será más difícil que nunca anticipar el resultado. Fiarse de las encuestas y los analistas llevó a error en 2016 y propició un gran shock la noche electoral. Habría que recorrer pueblo a pueblo la América Profunda para tomarle el pulso, pero habrá que conformarse con el recorrido virtual de la votación de delegados, que esta semana elegirá a Trump como su líder para los siguientes cuatro años por unanimidad.

Tanto la convención como los dos próximos meses servirán para percibir si el inquilino de la Casa Blanca parte realmente con la desventaja respecto a Biden que pronostican los estudios demoscópicos. Y también para medir la aceptación de la gestión presidencial en torno al coronavirus, el colosal problema al que se enfrenta el país -con 5,7 milones de contagios y casi 177.000 fallecidos- junto con la crisis económica derivada de la propia pandemia. En una de sus sorprendentes reflexiones, Trump tuiteó el sábado por la noche un mensaje donde acusaba al «estado profundo» de intentar retrasar la validación de una vacuna hasta después del 3 de noviembre para perjudicarle electoralmente.

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