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El difícil baile de Joe y Kamala

Joe Biden
y
Kamala Harris
, subidos a un escenario, como lo hicieron ayer en Wilmington (Delaware), son un zumo concentrado de la coalición que buscaron los demócratas para recuperar la Casa Blanca. Ellos suman el «establishment» demócrata, el apoyo de los grandes donantes, la apelación tranquila al voto moderado, la movilización de la minoría negra, los guiños a la izquierda y la cita con la historia para las mujeres.

El «ticket presidencial» Biden-Harris está camino de quedarse las llaves de la Casa Blanca, a falta de una guerra total en los juzgados y en la opinión pública por parte de
Donald Trump
y de algunos de sus aliados republicanos. Será una pareja de peso histórico en la política estadounidense. Biden, que tendrá 78 años si llega a jurar su cargo el próximo enero en el Capitolio, será el presidente de mayor edad de la historia del país y el responsable de la derrota de la figura política con mayor huella del último medio siglo en EE.UU. Pero, sobre todo, Harris romperá un techo de cristal con el que no pudieron demócratas ni republicanos. Será la primera mujer en un «ticket presidencial» ganador, algo que no consiguieron
Hillary Clinton
en 2016 ni
Sarah Palin
en 2008. Además, será la primera vicepresidencia en manos de una persona negra y de origen asiático.

Harris, hija de inmigrantes, de padre jamaicano y madre india, será mucho más que una vicepresidenta. Desde el primer día de la posible Administración Biden, será una candidata presidencial a la espera. Biden reconoció durante la campaña que sería un presidente de «transición», un puente hacia las nuevas generaciones del partido demócrata para dejar atrás la pesadilla del «trumpismo» y recuperar el civismo. Un cambio generacional que EE.UU. necesita como el agua de mayo. Si las elecciones acaban con los resultados esperados, el presidente tendrá 78 años, la presidenta de la Cámara de Representantes tendrá 80 años (la demócrata
Nancy Pelosi
) y el líder del Senado tendrá 78 años (el republicano Mitch McConnell).

«Presidenta de facto»
Las palabras de Biden, en esencia, anunciaban un candidato de un solo mandato y ponían a quien fuera su compañera de «ticket presidencial» en la lanzadera hacia la Casa Blanca en 2024. Trump y su campaña aprovecharon esa circunstancia para retratar a Harris como la «presidenta de facto» si Biden ganaba las elecciones y como la demostración de que el candidato sería una marioneta de la izquierda, sin poder una vez jurado su cargo.

La elección de Harris estuvo en la misma línea de toda la campaña de Biden, que le ha puesto a un paso de la presidencia: la opción segura. Era una de las estrellas ascendentes de la política estadounidense desde que logró el puesto por senadora en 2016, la segunda mujer negra en conseguirlo. Sus interrogatorios al fiscal general William Barr y al juez del Tribunal Supremo,
Brett Kavanaugh
, en su nominación le dieron fama de legisladora efectiva. Sus credenciales de «brazo fuerte de la ley» en California, donde fue pionera también como primera fiscal general del estado, la congraciaron con el «establishment» del partido.

Pero Harris no escondió ambiciones mayores y se presentó como candidata a la presidencia, en competencia con Biden y el resto de contendientes de las primarias, como

Bernie Sanders

o
Elizabeth Warren
. Cayó a las primeras de cambio pero le dio tiempo a acoger buena parte del programa de la corriente izquierdista para mantener relevancia en el partido. Y también a morder. El mayor bocado se lo llevó Biden, al que Harris acusó de conductas racistas en el pasado en el primer debate entre candidatos. El candidato se lo tomó como parte del barro electoral y, cuando sumó a Harris a su equipo, se centró en los lazos de amistad con su familia: su campaña puso el foco en la gran relación de Harris con
Beau Biden
, cuando el hijo mayor de Biden fue fiscal general de Delaware. Beau, que murió de cáncer en 2015, forma parte de la historia personal trágica del posible próximo presidente de EE.UU. -su primera mujer y su primera hija fallecieron aquí en Wilmington en un accidente de tráfico cuando él tenía 30 años-, su gran conexión emocional con el votante.

Disciplina y lealtad
Con Biden en la Casa Blanca será otra historia. Harris tendrá, casi desde el primer minuto, el papel doble de apoyar a Biden y labrar la campaña de 2024. Esa tensión puede complicar el baile entre presidente y vicepresidenta, en el que el paso lo lleva el primero y el segundo es mero acompañamiento. Biden demostró en la presidencia de
Obama
que, como en sus décadas de senador por Delaware, podía ser a veces un verso libre. El episodio más recordado: cuando se pronunció a favor de la legalización del matrimonio gay antes que el presidente. Pero, en sus ocho años en la Administración Obama, fue un escudero leal y las diferencias se ventilaron de puertas para adentro.

Habrá que ver si Harris opta por mantener esa disciplina o si proyecta una voz propia que le catapulte a la siguiente aventura política.
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