Política

El escaño vacío de Pedro Sánchez

Ni algunos de sus ministros se explican las razones del presidente del Gobierno para ausentarse de la sesión del pleno del Congreso celebrado este jueves para debatir y aprobar la prórroga del real decreto de estado de alarma. La defensa del propósito del Gobierno correspondió a Salvador Illa, titular de Sanidad. Pedro Sánchez le escuchó apenas veinte minutos y se retiró. Y no regresó al hemiciclo. Antes de que su inexplicable inasistencia se confirmase, el hecho de que el jefe del Gobierno no interviniese en la defensa de la prórroga por seis meses de la disposición de emergencia cuya finalidad es amparar la restricción de derechos constitucionales sorprendió a extraños, pero también a su propio entorno. Se trataba de un hito histórico en la democracia española. El reproche fue coral en el Congreso. Y en los medios.

Las preguntas son muchas: ¿qué le pasa al presidente del Gobierno?, ¿a qué se debe la gran escapada que él y su gabinete protagonizan en este momento crucial de la sociedad española?, ¿cómo es posible -se interrogan dirigentes del PSOE- que se esté entregando la interlocución con Catalunya a Gabriel Rufián y a ERC en detrimento del protagonismo del PSC, justo en esta crisis?, ¿por qué Sánchez ha alterado tanto y de forma técnicamente caótica el paradigma de la gestión de la pandemia respecto de la primera ola?

Episodio de resignación

Todas estas cuestiones y algunas más se formulan hasta en los aledaños de la Moncloa. Pero no hay explicación convincente en términos políticos. El real decreto de alarma -que Sánchez quería que se declarase a iniciativa de las autonomías y las previsiones de la disposición que descarga la gestión de la pandemia sobre los presidentes autonómicos- está creando una situación de gran confusión porque, además, no se ha conseguido una comunicación de crisis que ofrezca con claridad y sencillez instrucciones a los ciudadanos. El episodio de resignación del Ejecutivo ante las pretensiones de la presidenta de Madrid y de la Generalitat, que reinterpretan con arbitrariedad la letra del decreto de alarma, aumenta la sensación de que Sánchez está en una extraña disposición de ánimo.

Más aún cuando -también de forma muy poco entendible desde el punto de vista jurídico- entrega a la Comisión Interterritorial de Salud, un órgano coordinador que sólo aprueba recomendaciones que se adoptan por consenso de los consejeros de salud de las autonomías presididos por el ministro de Sanidad, la exorbitante capacidad de prescribir dentro de cuatro meses la continuación de la emergencia hasta el 9 de mayo o su alzamiento, todo ello en función de unos datos de contagiados, fallecidos y hospitalizados que no resultan suficientemente fiables. Para que lo sean se está pidiendo por los especialistas en salud pública que los controle y sistematice el Instituto Nacional de Estadística (INE).

El Consejo Interterritorial como una suerte de nuevo órgano federal -sin que lo sea en absoluto- y la delegación del manejo de la pandemia en los presidentes autonómicos, sin que ni lo uno ni lo otro se haya acompañado de una fuerte estructura administrativa y política de obligada coordinación y acatamiento, deconstruyen la gobernanza del Estado, que no está preparada para esta brutal transferencia de responsabilidades desde el Gobierno central a las administraciones autonómicas en esta coyuntura tan catastrófica. Esto no es cogobernar.

El temido confinamiento

La virulencia de la pandemia ofrece un horizonte incierto sobre la suficiencia de las medidas que se están implementando y ya se aventura que serán las propias comunidades, otra vez, las que pronto pidan un nuevo decreto de alarma que permita el temido confinamiento domiciliario ahora no contemplado en la disposición aprobada y prorrogada. Un regreso a la reclusión en las casas -medida que están adoptando otra vez países de nuestro entorno- se quiere evitar a toda costa por razones económicas y sociales. La situación está alterando el cuadro macroeconómico en el que se basa el proyecto de Presupuestos y un reiterado parón de la actividad económica conllevaría una dificultad adicional para cuadrar las cuentas con la aproximación necesaria para que, además de seguridad jurídica la haya presupuestaria.

El punto de inflexión lo va a marcar la capacidad de absorción que ofrezca la red hospitalaria y, en particular, la ocupación de las camas en las ucis. La presión aumenta. Tanto de la infección como de la fatiga psicológica de la ciudadanía que encara los puentes de noviembre y diciembre y las fiestas navideñas con expresiones de desconcierto y perplejidad. El país necesita un fuerte liderazgo -como los de MacronMerkel Conte– y algunas referencias que le orienten en la situación de mayor crisis de todas las vividas en las cuatro últimas décadas. Este es el peor momento para que Sánchez deje la silla vacía, delegue más allá de lo razonable las competencias de su Gobierno y evite al Congreso, al que acudirá, para dación de cuentas, cada dos meses, logro que se atribuye triunfalmente el portavoz republicano en la Cámara. Entre él y la política de la Generalitat y la de Ayuso en Madrid, con los Presupuestos pendientes, con problemas en la Unión Europea (UE), tanto políticos como financieros, entre otros más, Sánchez parece estar atravesando -pese a mayorías puntuales en el Congreso- por un bache significativo.

Despedida

Esta es mi última crónica en EL PERIÓDICO. Después de casi tres años de colaboración, otras ocupaciones profesionales me impiden continuar en este diario ejemplarmente plural, abierto y constructivo. Gracias al director Albert Sáez -el primero que se interesó por mi incorporación- y a sus predecesores, Anna CristetoEnric Hernández y a Joan Tapia compañero muy querido. Y por supuesto, a ustedes, los lectores, que con sus comentarios, críticos o elogiosos, me han ayudado más de lo que podrían imaginar. No dejaré de mirar a Catalunya con un afecto indestructible y constante.

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