El voto oculto favorece a un Trump que resiste los malos augurios de los sondeos

En estas elecciones,
Donald Trump
ha conseguido la gesta de ser el segundo candidato que más voto directo ha recibido en toda la historia de Estados Unidos. El problema para él es que el primero es su competidor,
Joe Biden
. Esto significa que aun tras un esfuerzo titánico y una movilización masiva de sus partidarios, el presidente bien puede tener que desalojar la
Casa Blanca
. Lo que queda claro, sin embargo, es que Trump ha confirmado que su victoria de 2016 no fue ninguna casualidad, una suerte de error fruto de la campaña de injerencias rusa y la profunda impopularidad de Clinton.

Hay una parte del electorado estadounidense, más de 70 millones de personas concretamente, que sigue con fervor y apoya a Trump, pase lo que pase, haga lo que haga, diga lo que diga, aun después de que la pandemia le haya costado a este país 200.000 vidas y el desempleo se haya disparado hasta cotas históricas. El «trumpismo», a pesar de las encuestas, está muy vivo y, gane o pierda, el presidente tiene cuerda para un largo rato.

Como en 2016, varias encuestas vaticinaron victorias del demócrata incluso en estados muy conservadores, como Texas, y Trump no sólo se impuso pronto en ellos, sino que además se llevó, de calle y rápido, otros estados que en teoría están más disputados, como Florida y Ohio. Sólo en Florida, el presidente logró casi 400.000 votos más que su contrincante, toda una gesta, que hizo que la noche pintara en un momento muy bien para los republicanos. Parecía que todos los estados iban cayendo, como en 2016, y Ohio, la joya de la corona, se anticipaba decisivo.

Pero en el camino de Trump se cruzó Arizona, y perder la gran ciudad de Phoenix, plagada de universitarios, y el sur del estado, de mayoría hispana. Nunca un republicano ha llegado a la Casa Blanca -o se ha quedado en ella- sin ganar allí. Y Trump no sólo perdió Arizona, sino que la cadena que primero así lo dijo en directo fue Fox News, su canal favorito. Después le siguió amargando la noche el largo recuento de estados necesarios como Wisconsin, Míchigan y Pensilvania. Viejos bastiones republicanos, como Georgia o Carolina del Norte, también se resistían, por el mismo motivo, el voto por correo.

El voto oculto de Trump, que lo hubo y mucho, se topó con el voto por adelantado de Biden, que aunque fue menor de lo esperado, fue suficiente como para frenar al presidente. Eso sí, la del martes fue otra noche humillante para las casas de encuestas y los expertos en demoscopia. Hubo encuestas que dieron a Biden 7, 8, 10, hasta 14 puntos por encima; que le adjudicaron Iowa, Georgia, Ohio, que vaticinaban un tsunami demócrata que al final fue una marejada, dura, es cierto, pero no devastadora contra las rocas del «trumpismo».

«Votante tímido»
Desde luego, estas elecciones no han sido un repudio integral a la presidencia de Trump. Poco menos de la mitad del electorado, la mayoría geográfica del país, le apoya, cree que lucha por ellos, que les representa. Son incluso más que quienes le apoyaron en 2016. Entonces le votaron 62 millones. En estas elecciones superará los 70 millones, si se confirman las tendencias del recuento. Irónicamente, el presidente, según los sondeos a pie de urna, sumó apoyos en todos los grupos demográficos excepto el suyo propio: los hombres de raza blanca. Con respecto a 2016, Trump ha sumado apoyos entre hispanos y negros, y también mujeres.

Todas esas multitudes en sus mítines en estados de norte a sur y de este a oeste así parecían indicarlo, al igual que las caravanas de coches y lanchas con las banderas en las que se leía su nombre. Fueron más fiables esas masas que muchas empresas de encuestas, algunas de ellas de las más prestigiosas. Una de las razones de su fracaso es lo que se llama «votante tímido», es decir aquel que no quiere o no se atreve a decirle a los encuestadores que votará a Trump por miedo a que le juzguen, y se guarda su voto para el día en que tenga que depositarlo.

Tampoco le ha afectado a Trump la oposición constante de los demócratas en el Capitolio y la gran humillación de ser sometido al juicio político del «impeachment», algo que en su día parecía condenarle, y que hoy queda como un lejano recuerdo, un obstáculo más superado por un presidente que aún pelea con los jueces por poder acabar esta carrera. Desde luego, todos los escándalos, desde la trama rusa a la ocultación de sus declaraciones de la renta, no le ha pasado factura en las urnas.
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