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Hiroshima y Nagasaki recuerdan que el horror nuclear podría repetirse

Hacía calor. Eran las siete de la mañana y el sol comenzaba a golpear con fuerza Hiroshima cuando Akira Onogi, estudiante de 16 años reclutado para trabajar en la fábrica de armas de Mitsubishi, salió al porche de su casa para disfrutar de su día libre. Fue entonces cuando sonaron las alarmas antiaéreas, y, como de costumbre, Onogi se limitó a buscar refugio con su familia. Él desconocía que ya se negociaba la rendición y estaba convencido de que Japón todavía podía ganar la Segunda Guerra Mundial, pero todo cambió a las 8:14 horas de hace exactamente 75 años.

Una fuerte luz azul cegó la vista de Onogi, y su casa quedó arrasada por la onda expansiva antes de que pudiese volver a abrir los ojos. De hecho, perdió la consciencia antes de escuchar el estruendo. La primera bomba atómica lanzada contra seres humanos había caído a 1,2 kilómetros de su hogar. Con una capacidad destructiva equivalente a la de 12.500 toneladas de TNT, los 60 kilos de Uranio-235 de ‘Little Boy’ hicieron explosión a 580 metros del suelo. La temperatura sobre la superficie en ese punto alcanzó los 3.000 grados. Todo a su alrededor comenzó a arder.

Una enorme columna de humo se elevó 20 kilómetros hacia el cielo. Un gris oscuro invadió el radiante azul que reinaba hasta entonces, e Hiroshima yació arrasada. A lo lejos, el bombardero B-29 Enola Gay regresó a la base estadounidense de la que había partido dos horas antes con su misión cumplida y fotografías que estremecerían al mundo. Tres días después, el Plutonio-239 de ‘Fat Man’ arrasó Nagasaki todavía con mayor poder destructivo. En total, casi 300.000 personas fallecieron en las dos ciudades niponas por las deflagraciones o por las enfermedades que provocó la posterior radiación.

Los supervivientes tratan de hacer presión para que el Gobierno japonés firme el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares

Los museos de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki encogen el corazón: recogen multitud de testimonios como el de Onogi, imágenes que cuesta mirar, y objetos como una piedra que se ha fundido con huesos humanos. Pero lo que Japón quiere recordar hoy es que, a pesar de que han pasado 75 años de aquel horror, el holocausto nuclear es aún un peligro muy real. Porque el mundo ha sido incapaz de aprobar el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares. Lo han firmado 122 países, pero solo 40 lo han ratificado y no entrará en vigor hasta que ese número alcance el medio centenar. «No podemos repetir jamás las tragedias de Hiroshima y Nagasaki», advirtió el primer ministro japonés, Abe Shinzo, a pesar de que su país es uno de los que no han firmado el veto al armamento nuclear.

Mantener el recuerdo

El menguante número de supervivientes de las bombas –llamados ‘Hibakusha’– trata de hacer presión para que el Ejecutivo de Abe se sume al Tratado, pero el recuerdo se va borrando con el tiempo. «Es importante recordar que es una amenaza del presente y del futuro», recordó este miércoles el alcalde de Nagasaki, Tomihisa Taue, que el próximo día 9 leerá una Declaración de Paz durante los actos de conmemoración que comenzarán este jueves en Hiroshima. A la hora en la que Onogi perdió el conocimiento, la ciudad guardará un minuto de silencio roto sólo por el repicar de las campanas.

Los dos eventos tendrán un aforo más reducido para permitir que se guarde la distancia social y evitar así que los asistentes se infecten con el coronavirus, el patógeno que ahora tiene en vilo al país, donde se han registrado importantes rebrotes. «Un peligro hace que olvidemos otros. Eso no quiere decir que no estén ahí, pero sí que esa falta de memoria nos puede abocar a volver a sufrir sus consecuencias. Para los jóvenes, las bombas atómicas no dejan de ser una historia de abuelos. Pero, sin duda, la explosión en Beirut nos ha recordado mucho a las de Hiroshima y Nagasaki. Si esa ya pone los pelos de punta, es difícil imaginar cómo fueron las atómicas», comenta a este diario Yuki Takeuchi, una joven universitaria de Tokio.

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