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La huella pacifista de la pequeña Sadako Sasaki

La niña Sadako Sasaki tenía dos años cuando las puertas del infierno se abrieron en Hiroshima. Vivía a 1,6 kilómetros del lugar donde se alzó el hongo atómico el 6 de agosto de 1945, pero la onda expansiva de la explosión la hizo volar por los aires, salió despedida por una ventana reventada y fue a caer en la calle. Fujiko, su madre, corrió tras ella, segura de que la pequeña había fallecido, pero vio que seguía con vida. Todo sucedió deprisa, madre e hija en el suelo, testigos del Armagedón y sometidas a la lluvia negra, el polvo radiactivo que todo lo envenenó.

Como tantas veces antes y después de ese día ominoso, la mañana del bombardeo abrasador se cumplió la sentencia de Bertrand Russell: «La historia del mundo es la suma de aquello que hubiera sido evitable». Al mismo tiempo que Japón se rendía y las conveniencias políticas salvaban al emperador Hirohito de someterse al juicio de los vencedores, creció sin freno la lista de los ‘hibakusha’ –personas bombardeadas, su traducción–, de los derrotados con el cuerpo en carne viva, mutilados, condenados a una vida de enfermedades y padecimientos interminables.  

Ingreso en el hospital

Sadako vivió como cualquier otra niña de su tiempo hasta enero de 1955, cuando con 12 años recién cumplidos se le diagnosticó una leucemia, conocida en Japón por aquel entonces como la enfermedad de la bomba atómica, tan abundantes eran las pruebas de que el mal incurable lo desencadenaba la exposición a las radiaciones. El 20 de febrero ingresó en el hospital: la enfermedad empezaba a debilitarla y su recuento de glóbulos blancos multiplicaba por seis el normal en alguien de su edad. Mientras tanto, el país renacía de sus cenizas con el apoyo de Estados Unidos y se diluían tradiciones atávicas en una sociedad cambiante, tal como reflejó con maestría en 1953 Yasuhiro Ozu en la película ‘Cuentos de Tokio’.

A los 12 años,
se le diagnosticó
una leucemia,
conocida
entonces en
Japón como la
enfermedad
de la bomba
atómica

Llegado agosto, Sadako fue trasladada a una habitación doble, donde coincidió con Kiyo, una compañera de instituto dos años mayor que ella. Un día, Shigeo, padre de la niña, mencionó la vieja leyenda piadosa de las grullas de papel: los dioses concedían un deseo a quienes producían mil grullas con el arte delicado y geométrico del origami, la variedad japonesa de la papiroflexia. A partir de aquel momento, las menguadas fuerzas de Sadako se aplicaron a lograr las mil grullas que debían complacer a los dioses y procurarle la curación. Fue aquel un esfuerzo ingente en el que colaboraron sus compañeras del instituto doblando y doblando papel afanosamente para que Sadako alcanzara su meta. Nadie sabe cuántas grullas salieron de sus manos y cuántas de quienes la ayudaron en su empeño: puede que solo lograra dar vida a 644, según se dijo en un primer momento, pero hay quien sostiene que superó el reto de las mil, y su hermano mayor, Masahiro, afirma en un libro que produjo más del millar perseguido.

Grullas multicolores

Los dioses permanecieron mudos. Llegado octubre, se desvanecieron las esperanzas. El día 24, sus padres insistieron a Sadako que comiera algo. Pidió un té de arroz, lo probó y dijo: «Está sabroso». Fueron sus últimas palabras: la mañana del 25 de octubre de hace 65 años se sumió en el sueño eterno. La suerte corrida por Sadako fertiliza desde entonces la cultura pacifista; a los pies de su estatua, en el monumento erigido en el Parque de la Paz de Hiroshima a los niños que murieron a causa del bombardeo atómico, se lee: «Este es nuestro llanto. Esta es nuestra plegaria. Paz en el mundo». Y allí están las grullas de papeles multicolores que recuerdan a Sadako.

La influencia del pacifismo nunca fue notable antes de la segunda guerra mundial a pesar de la mortandad causada por la primera; nunca fue un movimiento de masas. La película de 1937 ‘La gran ilusión’, de Jean Renoir, es un singular ejemplo de prédica pacifista en un entorno poco propicio; la novela de 1929 ‘Adiós a las armas’, de Ernest Hemingway, lo es también al igual que la de 1933, ‘Sin novedad en el frente’, de Erich Maria Remarque. «La paz a cualquier precio era una posición minoritaria» en la izquierda no comunista antes de que estallara la guerra, afirma el historiador Eric Hobsbawm en ‘Historia del siglo XX’, pero después de la devastación del periodo 1939-1945, el pacifismo creció en todas partes con los ejemplos de Mahatma Gandhi, Martin Luther King y otras muchas voces. El quehacer de Sadako fue más silencioso, menos difundido, pero no menos útil para combatir sin armas la cultura degradante de la guerra.

El poeta ruso Rasul Gamzatov quedó tan impresionado por la visita al memorial de Hiroshima y por la historia de las grullas de papel de Sadako Sasaki que en 1969 publicó el poema ‘Grullas’, que empieza así: «A veces siento que aquellos soldados caídos,/ Que nunca salieron de las cruentas zonas de batalla,/ No fueron enterrados para pudrirse y desmoronarse,/ Sino convertidos en grullas blancas que gimen suavemente». 

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