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La “resistencia” democrática se organiza en EEUU

La sesión de hora y media en zoom arranca con imágenes que han dado la vuelta al mundo: una escena de baile y música en la cola de un centro de voto anticipado en Filadelfia. Aquella fiesta no fue improvisada ni casual: detrás estaba Joy to the polls (Alegría a las urnas), una iniciativa que ideó Nelini Stamp, una joven activista y miembro del Working Families Party, que también es una de las organizadoras nacionales de Election Defenders (Defensores de las elecciones).

Ese es uno de los numerosos grupos que, frente a las elecciones más tensas y volátiles que se recuerdan en Estados Unidos, están ayudando a los ciudadanos a organizarse, movilizarse y tratar de ayudar no solo a que la votación este martes transcurra en orden, sino también para posibles escenarios escasamente democráticos que podrían producirse a partir del día 4. Entre ellos: la posibilidad de que el presidente, Donald Trump, declare prematuramente una victoria, como se ha publicado que planea hacer la misma noche del 3 de noviembre si los primeros resultados le dan apariencia de ventaja, o que se trate de impedir el recuento de todos y cada uno de los votos que, ante la explosión del voto por correo en medio de la pandemia y por los tiempos legales para contarlos, podría alargarse días.

Un primer paso fundamental ha sido convocar a decenas de miles de personas para que trabajen en los centros de votación. Esa labor, para la que se recibe entrenamiento y que es remunerada, tradicionalmente la han desempeñado sobre todo personas mayores de 60 años, los más vulnerables en medio de la pandemia. Y la respuesta para suplir sus bajas ha sido abrumadora. Power the polls, uno de los principales grupos tras el empeño, se puso la meta de convocar a 250.000 personas y ha formado a más de 700.000. Y en algunos lugares como el condado de Maricopa en Arizona, donde las autoridades necesitaban 1.800 personas, se presentaron 20.000.

Neutralizar los actos de intimidación

Fuera de esos centros de votación estarán voluntarios como los de Election Defenders, con sus cazadoras y gorras doradas. Su misión, según se explicaba en la sesión formativa de zoom, será apoyar a los votantes entregando agua o material de protección contra el coronavirus. Pero también estarán ahí para tratar de facilitar la desescalada si se producen actos de intimidación y para documentarlos y avisar a autoridades o a redes organizadas de abogados. “Es importante ignorar el acoso, no picar en el cebo de los agitadores”, recordaba una de las preparadoras.

La organización este año en EEUU, no obstante, va mucho más allá del día en que acaba la votación. Han proliferado iniciativas como Choose Democracy y Protect the results, una coalición de más de 100 grupos, que tienen la vista puesta en lo que pueda ocurrir a partir del día 4 y que ya tienen más de 450 actos previstos para el miércoles.

En junio, por ejemplo, Ankur Asthana y otros tres activistas publicaron en internet la guía Hold the Line, un manual de 55 páginas sobre cómo actuar y organizarse en caso de tres escenarios: la declaración de victoria por parte de Trump cuando los resultados aún no estén claros, que llegue esa declaración mientras hay señales de irregularidades o manipulación o una negativa del presidente a abandonar el cargo incluso en caso de derrota. Más de 18.000 personas lo han descargado y solo el mes pasado la web la visitaron más de 40.000 personas, que ahora ya están familiarizadas con quienes tienen el poder en cada estado, gobernadores, legisladores, fiscales, secretarios de estado, comisionados electorales de condado… Son la gente a la que deberán apelar si Trump o los republicanos vulneran el proceso.

Respuesta enérgica

Individualmente, según explica Asthana en una entrevista telefónica, los cuatro organizadores habían estado siguiendo las movilizaciones ciudadanas tras la muerte a manos de la policía de George Floyd. Pero una vez que Trump desplegó a la guardia nacional en Washington contra manifestantes pacíficos para hacerse una foto decidieron plantear algo más concreto sobre cómo prepararse, cómo ayudar a conectar a la gente “en este momento de tanto miedo y oscuridad“.

La respuesta ha sido enérgica y Ashtana, que tiene 32 años y habitualmente trabaja ayudando a organizarse a oenegés, cree que “han tenido que ver los retos colectivos que EEUU está enfrentando, desde en cuestiones de raza hasta por la crisis sanitaria y económica del coronavirus o la emergencia climática. Todo ha puesto un foco más claro en la importancia de tener una voz en las elecciones”, explica. “Se está construyendo un movimiento”.

De ese movimiento forman parte gente como la reverenda Lauren Grubaugh, de 29 años, que lleva tres años estudiando la historia y la estrategia de la lucha no violenta y está participando en Colorado en esfuerzos de organización y respuesta civil en estas elecciones. “No se trata solo de ser parte de la democracia sino de hacerla más fuerte“, explica por teléfono.

Resistencia civil no violenta

En su conversación aparece otra de las líneas que diferencian a este movimiento de otros que han enfrentado a Trump, como la marcha de las mujeres que le recibió en Washington un día después de la toma de posesión en el 2017. “Es muy importante que el movimiento sepa que hay más opciones que la manifestación”, dice. “No es solo cuestión de ir a la calle sino de crear costes políticos y económicos para los que están en el poder”.

Su foco en dotar a los ciudadanos de “herramientas que pueden funcionar como armas en una guerra sin armas” es similar al de otros activistas destacados que también se han volcado en cursos de formación y preparación en internet como el sociólogo George Lakey, que publicó en 1964 ‘Un manual para la acción directa’, que fue libro de referencia en la lucha por los derechos civiles. Se mueven guiados por la filosofía y la demostradamente efectiva práctica de la resistencia civil no violenta, capaz de atraer o despertar simpatías a la gente que ideológicamente se mueve lejos de los extremos. Y han conseguido que se empiecen a mover ideas como las de huelgas boicots.

La reverenda sabe que “en EEUU no hay mucha práctica de hacer esto de forma organizada” y lamenta la falta de una educación histórica y cívica que, por ejemplo, no favorezca la narrativa simplista que resume luchas como la de Martin Luther King en sus discursos en vez de en sus estrategias. Pero se muestra “esperanzada y agradecida por vivir un momento poderoso en que tantas cosas pueden cambiar”.

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