La verdadera pesadilla aún no ha empezado

No reconocer que EEUU tiene un serio problema de racismo, en especial sus distintas policías, ya es racista, además de estúpido, un tipo de ceguera que en política tiene efectos colaterales peligrosos. Las acciones, los tuits y el lenguaje de Donald Trump son racistas e incendiarios. Lo dice Elisabeth Neumann, alto cargo en el Departamento de Seguridad Interior hasta abril del 2020 y experta en prevención de amenazas y contraterrorismo. Lo es situar en el mismo nivel a los supremacistas blancos neonazis con quienes les hacen frente en la frase “ambos bandos”, o exigir que los migrantes vuelvan a sus países, aplicado incluso a tres congresistas demócratas (mujeres y negras, ya es casualidad). Este tipo de afirmaciones equivalen a un permiso general para odiar. Lo explica Neumann en la web de rvat.org (Republican Voters Against Trump).

La Convención del Partido Republicano, con Mike Pence y Trump como figuras estelares, puso de manifiesto cuál será la estrategia para el 3 de noviembre: el miedo. ¡Ley y orden!, gritaron ante los actos de protesta y la violencia desatada tras el tiroteo esta semana de Jacob Blake en Kenosha (Wisconsin), un estado clave en las presidenciales. Es negro, estaba desarmado y le dispararon siete veces por la espalda cuando entraba en su coche. ¿En qué pensaba el policía blanco? ¿Qué tipo de discurso le otorga el poder para violar la ley y el orden que representan su uniforme y su placa?

Lo que piden los manifestantes de ‘Black Lives Matter’ (BLM), movimiento que cobró fuerza tras el asesinato de George Floyd en Minneapolis, el 25 de mayo, es reformar la policía. Su eslogan Defund the Police no equivale, como dicen los republicanos, a dejarla sin fondos para hacer su trabajo. La idea es redistribuir una parte en la mejora de los servicios sociales y prevenir el crimen en los barrios. El dinero fluye hasta ahora a través de unos gremios policiales que se resisten a perder su control. El poderoso sindicato policial de Nueva York ha pedido el voto para Trump, algo que contradice su neutralidad como servidores públicos.

Disparo fácil

El presidente cerró la convención desde la Casa Blanca (uso de una propiedad federal para un asunto partidista) ante un grupo de seguidores sin mascarilla. No hubo condena de la violencia policial ni el reconocimiento de que EEUU tiene un problema. La policía es de disparo fácil en un país que tiene más armas de fuego que habitantes. Los republicanos no ven una relación entre las matanzas masivas y la libre venta de armas de guerra. La defensa del negocio de la muerte es parte de su cultura política.

Un afroamericano tiene tres veces y media más posibilidades de morir tiroteado por la policía que un blanco. En los seis primeros meses del 2020, los agentes han matado a más personas que en los años anteriores. El 99% de las muertes por disparos de uniformados queda impune. El presidente niega la realidad. Dice que mueren más blancos (es falso) y promete proteger a los policías que hagan uso de una fuerza letal. Equivale a una orden de disparar a matar.

La normalización de la violencia por líderes que deberían servir de ejemplo de ciudadanía, y no actuar como incendiarios irresponsables, fomenta que Kyle Rittenhouse, un adolescente de 17 años, blanco y seguidor de Trump, salga a las calles de Kenosha armado con un rifle para enfrentarse a los manifestantes que protestaban en favor de Blake. Rittenhouse mató a dos personas. Se entregó sin daño a la policía. Ni Pence ni Trump condenaron su acción en una convención que pareció un acto extático de la familia Trump.

Lucha por los derechos civiles

Han pasado 57 años de la gran marcha sobre Washington que marcó un hito en la lucha por los derechos civiles, entre ellos el del voto de los afroamericanos. En ella, Martin Luther King nos habló de su sueño. Se han logrado algunos de sus objetivos, pero en el fondo se mantiene un ‘apartheid’ económico y educativo en EEUU que afecta a la población de color. La marcha del viernes, además de conmemorar aquel hecho histórico, fue reivindicativa. La lucha sigue.

La pobreza, igual que la riqueza, se hereda. Pese al cinematográfico mito del sueño americano, la realidad solo ofrece pesadillas a millones de ciudadanos. El 22% de los pobres de EEUU son negros, un cifra dos veces y media superior a la de los blancos pobres. Peor salen los nativos (indios) que llegan al 24%.

La violencia tras el tiroteo en Wisconsin es un regalo para Trump. Le ayuda a distraer la atención de su gestión de la pandemia. Espera que juegue a favor porque en los momentos de mayor inseguridad, el electorado tiende a comportarse de manera conservadora.

Estrategia del miedo

Desde finales de mayo trata de vincular las manifestaciones del movimiento BLM, casi siempre pacíficas, con el aumento de crimen. Lo mismo que la protesta de Portland contra la que envió policías federales enmascarados. Su objetivo es ganar el voto de los suburbios, que los blancos tengan miedo.

No hay que desdeñar esta estrategia porque le está funcionando. Una encuesta de rpubs.com muestra una fuerte caída del apoyo a las manifestaciones de BLM, del 61% en mayo a un 48% en agosto, que empata con los que las rechazan. El cambio mayor se produce en el electorado blanco, de 59% de apoyo a un 45 en agosto. El rechazo ha pasado de un 38 a un 51.

Es el voto que Trump necesita movilizar para ganar, o para perder por un margen estrecho que le permita rechazar el resultado, proclamar que es un robo y movilizar a los supremacistas con sus armas en defensa de la Casa Blanca. La verdadera pesadilla aún no ha empezado.

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