Política

“¿Lluch es palabra española?”

El guardia civil que coge el teléfono en el puesto de Arganda, ciudad industrial del sureste de Madrid, no sabía hasta este sábado que el inmueble donde trabaja se llama oficialmente “Edificio Ernest Lluch”. Es un guardia joven, y era un adolescente que seguramente ni siquiera pensaba vestir de verde la noche en que ETA se escondió en un garaje de Barcelona, acechó al político y profesor y le disparó mortalmente en la cabeza.

El guardia escucha la historia del asesinato con que este diario prologa la pregunta: “¿Sabe usted si hoy le van a organizar algún acto de recuerdo?”. Y se toma unos segundos antes de contestar: “La verdad es que no vamos a hacer nada… Y lo lamento”.

Y cuando lo dice faltan apenas unas horas para que se cumplan los 20 años de que el ‘comando Barcelona’ arrebató la vida al que fue ministro de Sanidad del primer gobierno de Felipe González, profesor de Economía en la Universidad de Barcelona, activista en la clandestinidad contra la dictadura de Franco y, después, dialogante y pertinaz opositor contra la dictadura de ETA.

En Madrid, sus amigos Enrique Barón, Pedro Sabando y José Manuel Freire, entre otros, le organizaron el año pasado por estas fechas un homenaje en el Ateneo. Pero en 2020 no hay nada convocado en la ciudad, como si el proceso depresivo asociado al covid diluyera las ganas de cualquier conmemoración.

Lugares de memoria

Han pasado cuatro lustros de aquel tiro que estremeció a todo el país, cuando la banda terrorista ya llevaba un tiempo cobrándose un tributo de sangre entre los políticos y los intelectuales, y ETA ya no existe salvo en Twitter, en festejos postcarcelarios y en los argumentos de algunos políticos. Y el recuerdo de Lluch, el dialogante, es escaso en Madrid.

Hay, sí, un salón de actos de la sede del Ministerio de Sanidad que lleva su nombre, y también dos calles de solares en construcción, sin tiendas, ni bares, ni fuentes ni alamedas, en dos ciudades del extrarradio madrileño, Fuenlabrada y Mejorada del Campo. Además, un pequeño consultorio de la sanidad pública madrileña en la localidad de Navalagamella y el edificio de tres plantas que el Ayuntamiento de Arganda programó en 2001 para centro de salud y que en 2017 cedió finalmente para cuartel de la Benemérita.

Cuando oye este detalle, el socialista Enrique Barón, que compartió Consejo de Ministros con Lluch, recuerda una anécdota de su amigo con los tricornios. Una mañana del verano de 1977 estaban negociando la Ley de Medidas Urgentes de Reforma Fiscal, decisiva en la Transición, y acudieron Ernest y él a una reunión en Castellana 3, que había sido sede en Madrid de la Presidencia del Gobierno en la República, después despacho de Luis Carrero Blanco, y luego, en la Transición, sede de la civepresidencia del Gobierno con Fernando Abril Martorell.

Al entrar, sacaron los dos sus DNIs y sus credenciales de diputados ante el guardia civil de la puerta. Y el guardia le dijo a Lluch: “Bon día. ¿Com està vostè?” “Cuando entramos –relata Barón-, Ernest, todo sorprendido, me dijo: ‘Oye, si un guardia me habla en catalán empiezo a creerme que esto está cambiando”.

Versos en las paredes

Es casualidad que en la calle La Cuesta de Navalagamella, que lleva al consultorio Ernest Lluch de la localidad, el Grupo de Teatro Creativo del pueblo haya escrito con letras negras sobre la fachada blanca de una casa: “Ya que estamos de paso, dejemos huellas bonitas”.

El colectivo artístico ha escrito con buena letra versos variados de autores diversos en las paredes de esa pequeña localidad (2.601 habitantes en invierno) de la sierra de Madrid, entre El Escorial y Gredos. Pero esta frase, anónima, es la que se lee en la acera que lleva al centro de salud, rigurosamente cerrado en sábado y domingo porque no son muchas las urgencias sanitarias en este enclave entre fresnedas y encinares, junto al río Perales, modesto afluente del Alberche.

En puridad el Centro de Salud de Navalagamella se llama “Consultorio Ernest Lluch”, pero el cartel que la Comunidad de Madrid le ha colocado en la puerta no lo recuerda. Se lee solamente “Consultorio local”. Dentro sí persiste la placa, pequeña y modesta, con el nombre del gran impulsor de la sanidad universal en la etapa democrática. El sanatorio es de los más modestos de la región, un pabelloncito con cuatro ventanas y un pequeño soportal en el que se leen, deslucidos por la intemperie, carteles de consejos contra la pandemia.

Driss, marroquí vecino del pueblo desde hace diez años, repasa los mensajes de su móvil debajo de la frase pintada en la acera. Driss confirma que el centro cierra los fines de semana, pero no sabe nada de que se llame Ernest Lluch. “¿Cómo es? ¿Yuk? ¿Y eso es palabra española?”, pregunta con indisimulado interés.

Miradas cruzadas el 23F

El descuido de la memoria trae pensativo este sábado al exministro de Transportes y expresidente del Parlamento Europeo Enrique Barón Crespo, porque acaba de ver vandalizada una estatua del socialista histórico Indalecio Prieto durante su paseo matinal por Madrid.

El día que asesinaron a Ernest Lluch, Barón presidía una reunión en Bruselas del Grupo Socialista del Parlamento Europeo. “Todavía sigue siendo una de esas noticias muy difíciles de asimilar –dice entristecido-. Habíamos vivido mucha vida y mucha historia de España juntos, y su muerte es una de esas cosas que todavía me cuesta mucho asumir”.

Aquel día ETA le robaba de su horizonte vital al amigo cuya mirada buscó primero en el hemiciclo del Congreso cuando el teniente coronel Tejero sacó su pistola y gritó: “¡Al suelo! ¡al suelo todo el mundo!”

“Ernest mantuvo sus convicciones en contra de sus propios intereses”, recuerda Enrique Barón

Barón lamenta que otras efemérides floclóricopolíticas de una fehca antes eclipsen en el calendario la del día en que tumbaron a su amigo, junto a su Seat Córdoba, agarrando todavía entre las manos sus apuntes de docente universitario. “Ernest mantuvo sus convicciones en contra de sus propios intereses, incluso en las de su carrera profesional. Sacrificó mucho por construir una España en la que alguien como él, catalanista ejerciente, pudiera sentirse cómodo. Es de esos catalanes, de esos españoles de los que nos podemos sentir ogullosos, y su ejemplo va más allá de la Transición”, afirma Barón.

Hubo quien dijo una vez, al poco de que ETA lo matara, que Lluch habría dialogado incluso con sus asesinos. Su amigo Barón lo medita antes de certificarlo. “Pues… no me hubiera extrañado que hubiera tratado de hablar con él. De hecho lo hizo cuando defendió el diálogo frente a los exacerbados que le amenazaban en San Sebastián”.

Y suelta Barón un recuerdo para apuntalar su definición del hombre dialogante. “Uno de los policías que le custodiaban, en el franquismo fue uno de los policías que lo detuvo e interrogó. Y Lluch no le rechazó. Le parecerá increíble, pero esa es la España que fuimos capaces de construir; y es de esperar que no la destruyamos”.

Amarga cena en La Alfama

La última conversación que el socialista guipuzcoano Odón Elorza, diputado y exalcalde de San Sebastián, mantuvo con Ernest Lluch tuvo lugar la tarde del mismo miércoles que lo mataron. Elorza estaba en la puerta de su hotel en Lisboa, adonde había acudido para un foro europeo de ciudades por la paz –”curioso, por la paz…”, cuenta-, cuando el catalán que se había convertido en amigo muy cercano le llamó para ver cómo quedarían para un acto sobre el conflicto vasco que estaba organizando en Barcelona. “En mi ciudad no podía ser, porque Ernest ya tenía más reparo, más temor”.

La muerte le atrapó en Barcelona. No en San Sebastián, la otra villa querida del profesor, donde “tenía una base operativa de amigos y cultura; y hasta de deporte, por su afición a la Real Sociedad”, recuerda Elorza. Por esa filiación sentimental hay en el estadio de Anoeta incrustada, o mejor engarzada, una casa de cultura que lleva el nombre de Ernest Lluch.

La fundó el exalcalde que ahora habla desde su casa en Donostia, sabedor de por qué puede llamarle un periódico de Catalunya un día como este. A Odón Elorza la noticia del asesinato le amargó esa noche una cena en la Alfama lisboeta.

“Ernest se jugó la vida al convertirse en un político peligroso para los terroristas –opina-. Era peligroso porque desde la palabra y el diálogo trataba de convencer a los sectores más políticos del entorno de ETA de que en el autogobierno y en una interpretación flexible de la Constitución estaría la solución para el llamado conflicto vasco, y de que el terrorismo nunca ganaría a la democracia”.

“Lluch se había convertido en un socialista incómodo para algunos”, opina su amigo Odón Elorza

Este político vasco, habitante singular de la bancada socialista en el Congreso, recuerda también que “Ernest, un profesor, un hombre culto, un tipo humano, deseoso de conocer gentes e investigar problemas, un verso suelto, se había convertido en un socialista incómodo para algunos. Ahora, veinte años después, su nombre es una referencia sobre cómo ejercer la democracia y el diálogo frente a la confrontación, la honestidad y la integridad frente a las frivolidades y las incoherencias del mundo de la política y los políticos”.

Cree el exalcalde donostiarra que en esta calamidad del coronavirus, Lluch habría resultado útil. “Habría aportado rigor a las respuestas, contestaciones desde el estudio y la reflexión en profundidad”.

“Se llama así porque lo mataron”

Para su amigo Elorza, a Ernest Lluch le caracterizó “la capacidad de diálogo y la capacidad de empatizar con el diferente; la templanza frente al ruido y la bronca; la sensatez y la respuesta razonable”, dice. Para Enrique Barón, la figura de Lluch fue “un amigo de uña y carne, con el que viví el tardofranquismo y la etapa constituyente, y antes, cuando le desterraron a Valencia en su época universitaria”, relata, y añade: “Ernest conocía bien España, porque se pagó la carrera trabajando como representante comercial, creo que de tirantes y otros productos textiles. Decía a menudo que se había recorrido el país en vagones de tercera. Eso ahora suena a Parque Jurásico, pero…”.

En la plaza de Navalagamella, Vox ha puesto la mañana de este sábado un tenderete para repartir propaganda a los moteros que llegan al lugar en excursión sabatina. En la cafetería El Mirador, Bárbara, la camarera nicaragüense, recuerda que el sanatorio se inauguró al poco de llegar ella al pueblo, en 2001, y que allí han tratado siempre a sus hijos. “Dentro hay una placa de Érnest Luk”, dice pronunciando nombre y apellido como a ella le suenan.

En la bocacalle de La Cuesta, una vecina ya anciana acarrea un cajón de plástico sorteando a unos niños que juegan a la puerta del consultorio. “Le pusieron Ernest Lluch porque lo mataron”, contesta a la pregunta de este diario sobre el edificio, y se queda parada cuando se le recuerda la efeméride: “¿De verdad hace ya veinte años?”

Al consultorio le puso nombre hace 18 años Carlos Rodríguez Bacelo, un alcalde socialista que ya falleció. Andrés Samperio, el alcalde actual, del PP, confiesa que no sabía que el consultorio se llamase Ernest Lluch. “Y eso que yo soy también víctima del terrorismo”, comenta.

A su primo Luis Andrés Samperio, inspector de Policía, lo mató ETA de un tiro en la nuca en una acera de Bilbao el 24 de abril de 1997. Cabecea el alcalde cuando se le cuenta el aniversario de Lluch. “Pues, la verdad, no lo sabía”, contesta, y se va con dos municipales a hacer una ronda por el pueblo.

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