Política

Miquel Buch, el friegaplatos

El acto final de las jornadas en el Institut de Seguretat Pública de Catalunya (ISPC) iba a ser un trámite, pero se convirtió en otra cosa. Porque el plan era que el ‘conseller’ de Interior clausurara el encuentro, pero Miquel Buch llegó sin el cargo. Porque la periodista Mònica Terribas decidió preguntar. Y porque Buch acabó respondiendo con sinceridad, algo que había procurado evitar hasta la fecha cuando se le preguntaba sobre la presión que Quim Torra, el ‘president’ que lo ha fulminado, ha infligido sobre su espalda cada vez que los Mossos d’Esquadra han intervenido contra manifestantes independistas violentos.

Comenzó como siempre, escurriendo el bulto y encajando su cese con “deportividad”. Pero a los pocos minutos, repreguntado por Terribas, recurrió a las metáforas para contar algo más. Comenzó comparando Interior con un “fusible” que siempre acaba quemándose. Después con una botella de nitroglicerina “caducada” porque es “inestable” y explota “aunque no hagas nada mal”. Y se reservó una tercera metáfora, la más jugosa, para el final. “Todos queremos un plato limpio. Pero alguien tiene que limpiarlo. Aunque después eso te granjee críticas, incluso entre tus compañeros de bancada –parlamentaria–”. Aquí estaba toda la verdad: durante los dos años se ha sentido abandonado por su partido y, en especial, por su president. 

A Buch le ha tocado lavar los platos sucios del Govern. Porque mientras Torra se daba el gusto de estar con los manifestantes independentistas, fueran o no violentos, a Buch le tocaba estar del lado de los Mossos, que no le han dado margen al ‘conseller’ porque sabían lo que estaba en juego –la tormenta política del 1-O los acercó al abismo– y que hace tiempo que observan los exabruptos de Torra con el mismo interés que suscita una mosca atrapada entre el cristal y la cortina. Han sido muchos. Como cuando exigió una purga en la cúpula del cuerpo basándose en imágenes descontextualizadas de Twitter que vio desde Eslovenia a finales del 2019, o cuando animó a “apretar” a los CDR ante el primer aniversario del referéndum –los manifestantes acabaron asediando al Parlament–, o cuando forzó la destitución de la jefa de prensa de Buch, Joana Vallès, por un error de comunicación inventado –una exigencia que acabó arrastrando al director general, Andreu Joan Martínez–. Si aquello fueron platos sucios, los graves disturbios del pasado mes de octubre tras la sentencia del procés fueron para Buch la sartén del ‘socarrat’.

El independentismo más alineado con Waterloo jamás le ha perdonado la actuación de los Mossos aquellos días de violencia urbana. Por eso Buch era incómodo para Torra. De nada sirvió que Buch intentara ganar puntos en plena pandemia refiriéndose en castellano al ‘gobierno de españa’ o interpretando absurdamente el envío de las 1.714.000 mascarillas como un insulto a la historia de Catalunya. Demasiado tarde. Desprenderse del friegaplatos era urgente antes de las elecciones. 

Al final de la entrevista con Terribas, al acordarse del “sufrimiento” de su mujer y de sus hijos, recién cesado, Buch se echó a llorar. Sobraban las metáforas.

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