Muere el verdugo de los jemeres rojos

No era fácil reconocer la esencia de la maldad en aquel hombrecillo sereno y de blanco impoluto, antiguo profesor de matemáticas y cristiano reconvertido, que repartía saludos con el rostro inclinado y las manos juntas a través del cristal antibalas. Kaing Guek Eav, alias Duch, se convertía diez años atrás en el primer encausado por el genocidio de los jemeres rojos. Fue condenado a 35 años por crímenes contra la humanidad y muchos familiares de víctimas hicieron cuentas: cada uno de los 16.000 muertos le salió a dos días de cárcel y, descontados los 11 años ya pasados entre rejas, no era biológicamente descartable que pisara un día la calle.  

El riesgo acabó la pasada medianoche. Duch falleció a los 77 años en el hospital de la cárcel. “Quizá su muerte pueda traer alguna satisfacción a los supervivientes y los caídos puedan descansar ya en paz”, afirmó Youk Chan, director del Centro de Documentación de Camboya. Duch había sido descubierto casualmente en la jungla fronteriza con Tailandia muchos años después de que la invasión vietnamita finiquitara en 1979 una de las épocas más oscuras de la Humanidad. Los jemeres rojos de Pol Pot ejecutaron un caso único de autogenocidio: en apenas cuatro años mataron a dos millones de camboyanos, casi la cuarta parte de la población. Murieron ejecutados, por hambre, agotamiento o enfermedades. Su delirio maoísta intentó instaurar un paraíso agrario que suponía el regreso a la edad de piedra. Abolieron la moneda, la religión y la familia. Muchos matrimonios se arreglaron a dedo. Todo pertenecía al Estado. Hoy aún cuesta encontrar a un camboyano que no perdiera a varios familiares.   

Campo de tortura y exterminio

Tuol Sleng, también conocida como S-21, fue el Auschwitz camboyano. En esa vieja escuela reconvertida en cárcel de torturas mandaba Duch. De los 16.000 detenidos, sobrevivieron siete. Llegaban con la certeza de que aclararían rápidamente el error pero pronto comprendían que no existía ninguna respuesta salvadora. Con las uñas arrancadas, el cuerpo magullado por golpes y descargas eléctricas, confesaban su pertenencia a la CIA, la KGB o cualquier sigla que no hubieran oído antes y delataban a familiares o amigos, da igual que fueran inocentes, y que eran inmediatamente llevados hasta S-21. Lo resumía un letrero: “Si mueres, no perdemos nada. Si vives, no ganamos nada”. Ese proceso de retroalimentación fue diseñado con metodología científica por el antiguo profesor de matemáticas.  

“Lo peor era cuando un interrogado regresaba horas después sin uñas. Ya sabías lo que te iba a pasar a ti. Venían cinco veces al día. Estabas desquiciado todo el tiempo. Los peores eran los más jóvenes, algunos de 10 años. Les lavaban el cerebro, les entrenaban para la crueldad. Muchos disfrutaban”, relataba a este corresponsal Chom Mey, uno de los supervivientes. 

Varios meses después ya estaban listos para “el viaje”: un corto trayecto nocturno en camión hasta los campos de exterminio de Choeun Uk. Eran alineados frente al más de centenar de fosas comunes y ejecutados. Si tenían suerte, con cuchillos. Si no, a bastonazos. Contra un grueso árbol se destrozaban las cabezas de los niños mientras sonaba música revolucionaria para ahogar sus lloros. 

Petición de perdón  

Duch confesó en el juicio su responsabilidad sobre los muertos de S-21 y pidió perdón a los familiares, pero aclaró que era tan sólo un cargo bajo y que la desobediencia le hubiera empujado a él y a su familia a la muerte. Sus explicaciones no convencieron a nadie.  

Hubieron de pasar varias décadas para que lo que quedaba de la cúpula jemer se sentara en el banquillo. Eran cuatro octogenarios achacosos que se quejaban del frío de la sala: Nuon Chea, camarada número dos del régimen; Khieu Samphan, presidente del Gobierno de Kampuchea Democrática; Ieng Sary, ministro de Exteriores; y su esposa Ieng Thirit, ministra de Asuntos Sociales. Pol Pot y Ta Mok, principales cabecillas, habían fallecido en la jungla sin rendir cuentas. 

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