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¿Por qué Japón tiene tan pocas mujeres en el Parlamento?

Japón es un país que ha hecho de las tradiciones y la reverencia a los ancestros casi una religión de Estado. Esa es, quizá, una de las razones por las que registra una de las tasas más bajas de presencia femenina en el Parlamento y en general en la política. Cuando en 2017 la edil Yuka Ogata quiso llevar a su bebé a una sesión del consejo municipal, fue recriminada a gritos para que abandonara la sala de inmediato. Quería mostrar lo difícil que es en Japón conciliar el trabajo en política con la maternidad, y lo consiguió.

Pese a su elevado nivel económico y tecnológico, su sofisticada cultura y su grado superlativo de educación cívica, Japón tiene una presencia femenina muy reducida en los puestos decisivos de la vida pública. Solo el 10 por ciento de los parlamentarios en el «país del sol naciente» son mujeres (46 de los 465 miembros de la cámara baja), cuando la media en las sociedades democráticas ronda el 25 por ciento, según un estudio de la Unión Interparlamentaria citado por la cadena CNN.

¿Es todo achacable a la cultura patriarcal, al apego a la tradición y al instinto conservador de los japoneses? Algunos casos recientes, como el de Yuka Ogata, sugieren que la resistencia a la presencia de la mujer en la política procede también, paradójicamente, del activismo de los grupos y «lobbies» que predican el equilibrio numérico de sexos en el mundo laboral, si es preciso con la imposición de cuotas.

Un claro ejemplo es la campaña contra la parlamentaria Mio Sugita, a la que los grupos LGTBI y feministas exigen que renuncie a expresar sus opiniones conservadoras o abandone la política. La última provocación de la congresista del partido liberal en el poder (el LDP) trascendió hace días, tras un encuentro de su grupo parlamentario, en el que habría dicho que «las mujeres pueden decir todas las mentiras que quieran» cuando se dicen víctimas de acoso sexual en el trabajo, dando a entender que la Justicia japonesa tiende a discriminar a los varones. Mio Sugito había provocado ya las iras de las feministas y de otras organizaciones internacionales cuando en su día dijo que «se ha exagerado» el número de «mujeres de confort» asiáticas -forzadas por las tropas japonesas a ser prostitutas durante la Segunda Guerra Mundial-, ya que «muchas actuaron voluntariamente». Sus opiniones sobre el colectivo LGTBI incluyen su rechazo a que se enseñe sobre ese grupo de presión en las escuelas japonesas. Y su oposición a que las parejas homosexuales reciban subsidios del Estado al igual que los matrimonios; son, dijo Sugita, parejas «improductivas, porque no pueden tener hijos biológicos, por lo que no tiene sentido que gastemos nuestros impuestos en apoyarles».

Otro ejemplo de la presión sobre las pocas mujeres que actúan en la política en Japón lo simboliza la exministra de la Defensa Tomomi Inada, que renunció a su cargo en 2017 cansada de los estereotipos que se usaban en su contra. «Se nos juzga como emotivas, y se nos escucha con escepticismo cuando expresamos con fuerza nuestras opiniones», dijo Inada en su descargo. La directora de la Ong Red de Acción Femenina, Chizuko Ueno -que además pertenece al escaso 1 por ciento de población cristiana en Japón- se lamenta en el mismo reportaje de la CNN de que la sociedad nipona espera de las mujeres un comportamiento mimético al del varón en el ámbito público. «Eso lleva a que muchas se extralimiten y lleguen a ser en los puestos directivos más duras que el hombre», concluye Ueno.
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