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Senderos de perdición

La América de Donald Trump da pena y a veces miedo. El presidente sabe como utilizar el poder pero en cambio no tiene ni idea de cómo hacer política y menos aún de conseguir lo que prometió cuando entró en la Casa Blanca: hacer América grande. La consecuencia inmediata es que hoy ya nadie mira a EEUU como el faro que orienta y define tendencias, como solía ocurrir; sino más bien al contrario, como el centro de un radicalismo tan peligroso que solo es capaz de abrir frentes, sin proponer soluciones. Uno de ellos es la falla racial, una situación podrida políticamente con un presidente y un Gobierno que utilizan la realidad social para dividir aún más a una sociedad enfrentada.

El racismo es sólo uno más entre los síntomas que hacen de esta presidencia una de las peores en la historia de EEUU. No es nuevo, ni se puede achacar solo al actual presidente, pero mientras sus predecesores -incluidos los republicanos- buscaban, aunque fuera sutilmente, políticas de encuentro, Trump y su séquito azuzan el fuego del supremacismo blanco como última baza para alcanzar una reelección esquiva.  La falta de respuesta al covid, el ascenso de movimientos radicales delirantes, la ausencia en la agenda global, donde casi nadie espera a la que era primera potencia mundial  y ahora la incapacidad para generar acuerdos internos que promuevan cierta paz social han venido a hacer evidente la dirección errática por donde a Trump le gusta moverse; caminos que al final acaban sólo en confrontación.

Lo que en principio podría ser una baza para fidelizar y cohesionar a una parte del electorado que no se siente culpable de la grieta racial y que teme perder poder, puede acabar mal. Ni Trump, ni su vicepresidente, Mike Pence, han entendido que el movimiento ‘Black Lives Matter’ no era marginal sino una protesta importante de una parte no menos importante de la sociedad. Por eso se han lanzado en campaña a defender corporativamente a la policía, diciendo que no la van a dejar de apoyar, ni ahora ni nunca. Pero hacer responsables a los policías que han cometido un crimen o analizar si la represión a Jason Blake tuvo como justificante el color de su piel, no es debilitar al cuerpo, al contrario, en sociedades democráticas les refuerza.

La atalaya del deporte

El racismo hace que una buena parte de la sociedad americana esté discriminada. Por eso, quienes desde la atalaya del deporte empezaron a bajar la rodilla, se han cansado y han decidido parar las competiciones. Ni baloncesto, ni fútbol, ni béisbol. “Antes que atleta soy una mujer negra y como tal creo que hay asuntos mucho más importantes que verme jugar al tenis”. El abandono de la competición de la tenista japonesa Naomi Osaka acabó con la cancelación del torneo en Cincinnati. Como ocurrió con el ‘apartheid‘ sudafricano, cuando la política transita por senderos de perdición, el deporte puede acabar calando en una opinión pública que al final tendrá que decidir si este es el camino o un nuevo frente abierto para acabar con Trump.

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