Trump y la peligrosa reinvención de la presidencia

Estados Unidos, bastión de la democracia liberal, ha perdido el rumbo“. La tajante afirmación aparece en el último informe sobre el estado mundial de la democracia preparado por las decenas de sociólogos y centenares expertos que colaboran en el proyecto Varieties of DemocracyNo son los únicos que alertan de la deriva autocrática que el país ha sufrido con Donald Trump, que en cuatro años ha transformado profundamente la presidencia. De lo que dicten las urnas este martes dependerá si continúa o acaba esa reinvención que sus defensores ven positiva, como un refuerzo del cargo, pero que muchos otros identifican como un grave peligro. Y el interrogante principal para los segundos es si se podrá reparar el daño.

Nada hace saltar más alarmas que el inédito y continuado ataque de Trump a la legitimidad del proceso electoral, su agitación de miedos infundados sobre posible fraude y su negativa a comprometerse con una transición pacífica en caso de derrota. Es el repaso a toda su presidencia, no obstante, el que muestra cómo Trump se ha alejado de normas y convenciones, cómo ha minado la confianza en las instituciones y cómo ha sacudido los pilares constitucionales, desde la libertad de expresión y prensa hasta la independencia del poder judicial. Según plantea en entrevista telefónica Matthew Eshbaugh-Soha, profesor de Ciencias Políticas en la University of North Texas, “la pregunta clave es si se podrán restablecer los estándares y los límites“.

“No hay mucho que hacer para detenerle”

Esos límites los ha tensado Trump en cuestiones de forma y fondo. En las primeras, como ratifica el experto, “ha tirado por la borda muchas normas de lo que considerábamos comportamiento presidencial“. En las segundas, y sin ser el primero que trata de extender su autoridad, también ha ido más lejos que sus predecesores, desde en la expansión del uso de órdenes ejecutivas incluso más allá de donde fue Barack Obama hasta en la peligrosa politización del todo el Gobierno.

“Muchos presidentes han politizado departamentos y agencias para implementar sus agendas y prioridades pero Trump lo ha hecho en áreas que típicamente estaban fuera de los límites“, reflexiona Eshbaugh-Soha. “Ha enseñado a otros presidentes cómo hacerlo y, también, que no hay mucho que otras ramas del Gobierno puedan hacer para detenerle“.

Rechazo a la ciencia e hiperpolarización

En los últimos meses la pandemia de coronavirus ha sido máximo exponente de otras trazas fundamentales de la presidencia de Trump, que se muestra más preocupado por controlar el mensaje que el virus. Porque su respuesta ha evidenciado su distanciamiento de la ciencia y su elección de no seguir la guía que ofrecen los expertos, elementos de su gestión que se plasman también, por ejemplo, en la ambiciosa agenda de desregulación en materia de protecciones medioambientales.

Trump llegó al Despacho Oval en un país ya polarizado pero en su presidencia esa división se ha extremado, en buena parte alentada por él mismo. Y en unos EEUU donde las protestas y la conciencia por la injusticia racial en general y la brutalidad policial en particular han resucitado un movimiento social no visto desde los años de lucha por los derechos civiles, Trump ha abdicado de la responsabilidad de tratar de llevar al país a la unidad, una de las características de los presidentes en momentos de crisis.

Es también un presidente que ha apelado a los instintos más básicos y a menudo bajos en cuestiones que van más allá de la raza. Como recuerda Eshbaugh-Soha, “ha dado alas a lo marginal, a lo extremo“. Y ha empoderado, por ejemplo, a quienes propagan teorías de la conspiración como la peligrosa QAnon. “Otros antes que él lo hicieron, pero normalmente eran candidatos, gobernadores, congresistas y senadores como Joseph McCarthy… pero no eran presidentes“.

El legado

En su legado palpable no hay nada más determinante que su impacto en el estamento judicial y, especialmente, en el Tribunal Supremo, donde ha asegurado por décadas una mayoría conservadora. Por ahora también ha transformado el sistema migratorio, ha recortado la red de protecciones sociales, ha impulsado medidas económicas que han incrementado la desigualdad y ha dado controvertidos pasos que alimentan fantasmas de un estado policial.

Preocupa también especialmente su esfuerzo por reconvertir el Gobierno siguiendo un modelo escasamente democrático. Recientemente, por ejemplo, Trump firmó una orden con la que clasificará a miles funcionarios como nombramientos políticos, haciéndolos susceptibles a despidos arbitrarios. 120 expertos y antiguos funcionarios firmaron una carta denunciando que “nunca ha habido una gestión tan flagrantemente irresponsable e intencionadamente incompetente, empleada para lograr objetivos políticos específicos, como el país ha visto durante los últimos tres años y medio”. Y Bob Corsi, presidente de la Asociación de Altos Funcionarios, ha advertido: “Así es como los gobiernos de países con líderes autoritarios y regidos por el partido se organizan y se dotan de personal”.

Purgas, ceses y relevos: un gobierno basado en la lealtad

Uno de los factores que ha hecho anormal la presidencia de Donald Trump es la inestabilidad de su gabinete y su Administración. El nivel de ceses, dimisiones y relevos durante su primer mandato no tiene parangón entre sus cinco predecesores, como constatan los análisis de Brookings Institution o, más anecdóticamente, el hecho de que sea el único con una página dedicada a esos movimientos de personal en Wikipedia. Tampoco hay precedentes recientes en el número de altos cargos que funcionan interinamente, sin pasar por procesos de confirmación.

Trump minimiza la relevancia de esos cambios (“le llamáis agitación, yo le llamo ser inteligente”, dijo en una ocasión) pero numerosos expertos advierten de que representa algo problemático y de serias consecuencias. Por una parte, la pérdida de líderes de departamentos o agencias tiene cascadas de efectos en toda la organización que dirigen.

Sobre todo, no obstante, Trump ha evidenciado guiarse por la lealtad y no por la efectividad o el profesionalismo para hacer nombramientos o auténticas purgas de lo que su Casa Blanca llama “una ciénaga que ha estado trabajando contra el presidente”. Y en momentos de crisis como la pandemia los efectos de su estrategia han sido demoledores al haber politizado y restado credibilidad a organismos que se suponen independientes.

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