Una fusión necesaria

Las negociaciones que mantienen Caixabank y Bankia para su fusión responden a la necesidad urgente del sistema bancario de preservar niveles de rentabilidad y solvencia óptimos en un entorno de bajos tipos de interés ante la irrupción de las compañías tecnológicas en el mercado financiero y los requerimientos que plantean las vicisitudes económicas tanto nacionales como globales. El anuncio de la operación augura movimientos análogos entre otras entidades como los sugeridos por el BCE para que el sector pueda digerir los efectos derivados del covid-19. Las fuertes subidas bursátiles de ayer confirman las expectativas generadas respecto a valores que venían cayendo sin remisión.

Si finalmente se materializa, la integración –más defensiva que con vocación expansiva– daría lugar al mayor grupo español y aseguraría su afianzamiento en el conjunto del país. Pero su alcance sería mucho mayor que la suma de los capitales y las estructuras que hoy representan sus dos protagonistas al alejar incertidumbres con la creación de un gigante sólido en condiciones de afrontar con las máximas garantías los vaivenes que sufre la banca. Que la fusión llegue a buen puerto y en un breve plazo forma parte ya del interés general, por lo que es de desear que no surjan reacciones ajenas a sus actores que dificulten o enturbien el proceso. Bankia está participada por el Estado en un 60% a raíz de su rescate con una aportación de 22.400 millones de euros. Pero el valor de esa participación se ha reducido tanto en el mercado que nadie –mucho menos desde el Gobierno– debiera reclamar ni la continuidad del Estado en el capital del banco resultante ni la recuperación total de la suma aportada en su momento.

La operación cuenta con el aval de la vicepresidenta Nadia Calviño, pero es rechazada por Unidas Podemos, que la juzga «preocupante para la economía española» en una nueva contradicción en un asunto esencial entre los dos socios en el Gobierno. Corresponde a las entidades fijar los términos que consideren más idóneos para la integración. Pero habrán de procurar que las necesidades del banco final prevalezcan sobre las aspiraciones de partida de cada una de ellas. Y es prioritario contener los efectos socialmente adversos de los reajustes que afecten a los empleados de Caixabank y Bankia ante la evidencia de que la fusión se traducirá en un recorte de plantillas.

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